EVANGELIO
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»
Mateo 5, 43-48
“Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”…
Tengo la sensación de que el Maestro de Galilea, con esa frase, nos invita a crecer; perfección no es “perfeccionismo”; hacer perfecta nuestra vida es “completarla” cada día un poquito más, de tal forma que lo que ayer era un mérito hoy ya no lo es. En este sentido la llamada a la perfección es una llamada a la plenitud, entendida como camino.
Reconozco que cada vez soy más crítico de los terapeutas de gabinete o de los confesores de confesionario, es decir de aquellos que pretenden aislar el “objeto” de nuestras imperfecciones para poder catalogarlas y “erradicarlas”. Eso es una misión imposible.
La ambigüedad de la vida quizás sólo nos permita “aliviarnos y cuidarnos” mutuamente, concibiendo la vida como un proyecto comunitario de crecimiento en el que los errores que cometemos, lejos de ser “trampas” en las que caemos, más bien se trata de ocasiones de crecimiento, y por eso mismo trampolín que nos catapulta hacia la perfección (“donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, Romanos 5, 20).
No podemos exigirle a nadie eso del “amor a los enemigos”, pero si que podemos invitarnos mutuamente a un proyecto de excelencia ética donde la “justicia” (“ojo por ojo diente por diente”) sólo sea un mínimo, porque hemos aceptado que lo que nos caracteriza a los humanos es “lo que podemos llegar a ser” y aún no somos; dicho en palabras de Jesús: “perfectos….como vuestro Padre”.

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