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miércoles, 17 de junio de 2026

EVANGELIO DEL MIÉRCOLES. SEMANA 11 DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»
Marcos   6, 1-6.16-18


COMENTARIO

El evangelio de hoy hay que leerlo como complemento a la genial Primera de Lectura de hoy en al que escuchamos la narración sobre la sucesión entre los profetas Elías y Eliseo.

Hay una diferencia muy fina entre querer ser visto como referencia y no perder de vista a quien verdaderamente es la referencia. Eliseo no busca atraer las miradas hacia sí. Su preocupación es otra: mantener los ojos puestos en Elías, acompañarlo hasta el final, recibir su espíritu y continuar su misión. No desea ocupar el centro; desea no separarse de la fuente.

Jesús denuncia precisamente la tentación contraria: hacer el bien, rezar o ayunar para convertirse uno mismo en espectáculo. Cuando la vida espiritual se vuelve demasiado visible, corre el riesgo de dejar de señalar a Dios y comenzar a señalarse a sí misma. Hay una vistosidad tan brillante que termina saturando, encandilando y ocultando aquello que pretendía mostrar. Mucha luz también puede impedir ver.

Por eso Jesús devuelve al discípulo a lo escondido. Lo escondido no es lo irrelevante ni lo estéril. Es el lugar donde se purifican las intenciones, donde nadie necesita representar un personaje y donde la vida se sostiene ante la mirada de Dios. Allí se aprende a ser sin aparentar, a dar sin exhibirse y a rezar sin convertir la oración en escaparate.

Paradójicamente, solo quien acepta vivir en lo escondido puede llegar a ser una verdadera referencia. No porque reclame las miradas, sino porque su vida deja pasar una luz que no le pertenece. Eliseo llega a ser referencia porque antes supo mirar, seguir y recibir. También el discípulo de Jesús puede iluminar a otros, pero únicamente cuando no pretende deslumbrarlos.

La autenticidad espiritual no consiste en hacerse visible, sino en hacer visible, a través de la propia vida, la presencia que nos sostiene. Eliseo no busca ser visto: busca no perder de vista a Elías. El discípulo de Jesús tampoco vive pendiente de la mirada de los hombres, sino ante el Padre «que ve en lo escondido». Y quizá sea precisamente allí, lejos de toda exhibición, donde una vida se vuelve más luminosa y más capaz de orientar.

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