Jesús denuncia precisamente la tentación contraria: hacer el bien, rezar o ayunar para convertirse uno mismo en espectáculo. Cuando la vida espiritual se vuelve demasiado visible, corre el riesgo de dejar de señalar a Dios y comenzar a señalarse a sí misma. Hay una vistosidad tan brillante que termina saturando, encandilando y ocultando aquello que pretendía mostrar. Mucha luz también puede impedir ver.
Por eso Jesús devuelve al discípulo a lo escondido. Lo escondido no es lo irrelevante ni lo estéril. Es el lugar donde se purifican las intenciones, donde nadie necesita representar un personaje y donde la vida se sostiene ante la mirada de Dios. Allí se aprende a ser sin aparentar, a dar sin exhibirse y a rezar sin convertir la oración en escaparate.
Paradójicamente, solo quien acepta vivir en lo escondido puede llegar a ser una verdadera referencia. No porque reclame las miradas, sino porque su vida deja pasar una luz que no le pertenece. Eliseo llega a ser referencia porque antes supo mirar, seguir y recibir. También el discípulo de Jesús puede iluminar a otros, pero únicamente cuando no pretende deslumbrarlos.
La autenticidad espiritual no consiste en hacerse visible, sino en hacer visible, a través de la propia vida, la presencia que nos sostiene. Eliseo no busca ser visto: busca no perder de vista a Elías. El discípulo de Jesús tampoco vive pendiente de la mirada de los hombres, sino ante el Padre «que ve en lo escondido». Y quizá sea precisamente allí, lejos de toda exhibición, donde una vida se vuelve más luminosa y más capaz de orientar.

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