COMENTARIO
Hay un detalle en este evangelio que me parece especialmente revelador. Dice Lucas que los fariseos estaban observando a Jesús. Y, poco después, dice que Jesús tocó al enfermo y lo curó.
Unos observan. Jesús toca.
Quizá ahí esté la verdadera fuerza del relato. No tanto en la discusión sobre lo que se puede o no se puede hacer en sábado, sino en dos maneras radicalmente distintas de situarse ante la vida y, sobre todo, ante el sufrimiento de los demás.
Los fariseos observan. Vigilan, analizan, toman nota. Están pendientes de lo que Jesús hace, pero parecen incapaces de advertir lo que le ocurre al hombre que tienen delante. Su mirada está puesta en la norma, no en la persona. Y esto es lo verdaderamente inquietante: se puede mirar mucho y no ver nada. Se puede tener a alguien delante y permanecer completamente ajeno a lo que le sucede.
Jesús, en cambio, toca. Y tocar significa algo más que acercar una mano. Significa reducir la distancia, entrar en contacto, dejar que la realidad del otro afecte a la propia vida. Quien toca ya no puede seguir siendo un simple espectador.
Pero creo que hay algo todavía más profundo. Jesús actúa porque, de alguna manera, considera suyo el sufrimiento de aquel hombre. No es un extraño, no es un caso que resolver, ni siquiera un enfermo al que prestar asistencia. Es alguien cuya vida le importa hasta el punto de sentirse personalmente comprometido con ella.
Y aquí aparece una palabra que, aunque pueda resultar extraña, me parece decisiva: apropiación.
Hay una apropiación que domina, que utiliza, que convierte a los demás en propiedad nuestra. Pero hay otra apropiación, profundamente humana, que consiste en hacer nuestro lo que le sucede al otro. No porque nos pertenezca, sino porque su suerte no puede resultarnos indiferente.
Es la apropiación que salva. La de quien siente como propio el dolor ajeno y, precisamente por eso, se compromete a aliviarlo.
Frente a ella está la indiferencia. Esa manera de vivir en la que todo puede ser observado, analizado, discutido e incluso juzgado, sin que nada llegue realmente a afectarnos. Una indiferencia que mata, no necesariamente porque haga daño directamente, sino porque permite que el daño continúe mientras nosotros permanecemos al margen.
Por eso resulta tan significativa la pregunta final de Jesús: si vuestro hijo o vuestro buey cae a un pozo, ¿no lo sacaríais inmediatamente, aunque fuera sábado?
La respuesta es evidente. Lo sacarían porque es suyo. Porque aquello les afecta. Porque cuando algo nos importa de verdad, encontramos razones para actuar donde antes solo encontrábamos razones para no hacerlo.
Jesús amplía ese «es mío» hasta incluir a quien aparentemente no le pertenece. Y quizá ahí esté una de las expresiones más profundas de su manera de entender a Dios: nadie es tan extraño como para que su sufrimiento pueda dejarnos indiferentes.
Al final, el problema no es simplemente cumplir o incumplir una ley. Es algo mucho más radical: decidir si vivimos mirando la vida desde fuera o si estamos dispuestos a implicarnos en ella.
Porque hay una distancia que permite juzgar sin comprometerse, y una cercanía que obliga a hacerse cargo. Una mirada que convierte al otro en objeto de vigilancia y unas manos que lo reconocen como alguien propio.
Los fariseos observan. Jesús toca.
Unos miran para encontrar una falta. Jesús toca porque ha encontrado a alguien que le importa.
Y cuando el sufrimiento del otro empieza a importarnos como si fuera nuestro, dejamos de ser espectadores. Nos comprometemos, nos acercamos, actuamos.
Y cuando vivimos así, salvamos, curamos… amamos.

