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jueves, 18 de junio de 2026

EVANGELIO DEL JUEVES. SEMANA 11 DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que lo pidáis. Vosotros rezad así: "Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno." Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.»

Mateo 6, 7-15

COMENTARIO

La oración de Jesús es un exilio de la palabra al silencio. No porque la palabra no valga, sino porque puede gastarse, hincharse, hacerse ruido. Jesús no desprecia las palabras; las purifica. Las devuelve a su raíz. Nos enseña que orar no consiste en hablar mucho, sino en decir lo verdadero.

Por eso vuelve a lo mínimo. Y en la fe, lo mínimo suele ser lo máximo.

Decir Padre/Madre: reconocer que la vida no empieza en nosotros, que no somos origen absoluto, que venimos de una fuente que nos sostiene antes de cualquier mérito.

Decir pan: aceptar que somos necesitados, que no vivimos solo de ideas, que cada día hay que recibir lo suficiente para seguir caminando.

Decir hermano: descubrir que nadie se salva solo, que la oración se falsifica cuando no se abre al perdón, al cuidado y a la responsabilidad por el otro.

El Padrenuestro no acumula palabras. Concentra la existencia. Nos saca de la palabrería y nos lleva a lo esencial: filiación, necesidad, fraternidad. Ahí cabe casi todo. El fundamento, el alimento y el vínculo.

También la evangelización necesita este exilio. No puede convertirse en una experiencia saturada de gestos sin fondo, de apariencias que brillan pero no transforman, de palabras abundantes pero sin vida. Hay una pastoral que puede llenar mucho y alimentar poco; impresionar mucho y acompañar poco; sonar mucho y decir poco.

Jesús nos recuerda que la verdad no necesita siempre volumen. A veces necesita hondura. No necesita exceso de explicación, sino transparencia. No necesita espectáculo, sino presencia. No necesita palabras multiplicadas, sino palabras habitadas.

Evangelizar será, entonces, ayudar a otros a volver a lo esencial: a saberse hijos, a pedir el pan de cada día, a reconocer al otro como hermano. Y quizá solo desde ahí nuestras palabras recuperen peso, nuestros gestos recuperen verdad y nuestro silencio deje de ser vacío para convertirse en espacio de Dios.

El exilio de la palabra al silencio no es empobrecer la fe. Es devolverle respiración. Es dejar que lo mínimo vuelva a decirlo todo.


miércoles, 17 de junio de 2026

EVANGELIO DEL MIÉRCOLES. SEMANA 11 DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»
Marcos   6, 1-6.16-18

martes, 16 de junio de 2026

EVANGELIO DEL MARTES. SEMANA 11 DEL TIEMPO ORDINARIO



EVANGELIO
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»

Mateo 5, 43-48

domingo, 14 de junio de 2026

EVANGELIO DOMINGO. SEMANA 11 DEL TIEMPO ORDINARIO.

 

  

EVANGELIO
En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Mateo 9, 36-10, 8

COMENTARIO

Gratis habéis recibido, dad gratis

Jesús envía a sus discípulos y les recuerda algo esencial: no son propietarios de lo que anuncian. La vida, la fe, la esperanza, el perdón y la capacidad de amar no son conquistas personales. Son dones recibidos. Por eso no pueden guardarse, administrarse con mezquindad ni utilizarse para obtener poder, prestigio o reconocimiento. «Lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis». Esta frase expresa la verdadera moneda de cambio de lo religioso: la gratuidad y la gratitud.

Cuando una persona experimenta la fe como un don desmesurado, la generosidad brota de ella casi espontáneamente. Es como un manantial: el agua no calcula quién se acerca, ni pregunta qué recibirá a cambio. Simplemente fluye. La fe vivida de verdad produce disponibilidad, acogida, perdón, cercanía y servicio. No porque haya que pagar una deuda a Dios, sino porque quien se siente profundamente agraciado termina convirtiéndose en gracia para otros.

La gratuidad de la fe nos educa para descubrir que las cosas más importantes de la vida no tienen precio. Podemos comprar objetos, servicios o comodidades, pero no podemos comprar una amistad verdadera, una palabra sincera, una mano que nos sostiene en un momento difícil o el cariño auténtico de alguien.

No hay precio para comprar un beso. Un beso solo puede ser regalado. En el momento en que se mercantiliza, pierde su verdad: deja de ser expresión de afecto y se convierte en otra cosa. Su valor consiste precisamente en que alguien ha querido darlo libremente, sin esperar nada a cambio.

Así es Dios. No comercia con nosotros. No vende su amor a cambio de méritos, sacrificios o comportamientos perfectos. Dios se ofrece gratuitamente. Su amor no se compra, se recibe. Y cuando se recibe de verdad, transforma nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Creer es descubrir que vivimos sostenidos por un amor que no hemos comprado ni merecido. Y la mejor manera de agradecer ese don consiste en hacerlo circular: ofrecer gratuitamente tiempo, escucha, ternura, perdón y cuidado.

Lo recibido gratuitamente solo permanece vivo cuando también se entrega gratuitamente.

domingo, 7 de junio de 2026

EVANGELIO DEL DOMINGO. FIESTA DEL CORPUS CHRISTI

  

EVANGELIO
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
–Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo.
Disputaban entonces los judíos entre sí:
–¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
Entonces Jesús les dijo:
–Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

Juan  6, 51-58

COMENTARIO


Decía San Juan Crisóstomo.

«Lo ves, lo tocas, lo comes. Él se te entrega no solo para que lo veas, sino para que lo toques, lo comas y lo recibas dentro de ti» (Homilía 82).

Hay algo de inconcluso, litúrgicamente hablando, en la fiesta del "Cuerpo" de Cristo. Se trata de una fiesta en la que se estimula espiritualmente la mirada. Pero el acontecimiento sacramental del "Cuerpo" de Cristo  se trata de "ser comido" más que de "ser mirado". 

El culto más grande que un creyente pues dar al "Cuerpo" de Cristo consiste en comulgarle, es decir, en "comerlo" (El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él... el que me come, vivirá por mí.)

Decía un gran teólogo que Jesús es la "forma" de Dios. Dicho con  otras palabras, en Jesús descubrimos las "hechuras de Dios".  Por tanto, la acción de comulgar significa consentir dicha forma en nosotros.  Pero este gesto carece de sentido si en nosotros no se suscita el deseo  de vivir como Jesús, de acoger su modo y "forma" de vida.

Un cristiano de comunión "frecuente" que  no observe "mejora" sustanciales en su vida cada día, no sé hasta qué punto le esta "aprovechando" la Eucaristía. Sería como un niño que come y no coge peso. Ningún padre o madre con dos dedos de frente permitiría prolongar esa situación durante mucho tiempo.

Juan Pablo II, que tenía un olfato eucarístico excepcional, decía que en la Eucaristía "no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros".

Esta frase es determinante: participar de la mesa de la Eucaristía  no es cosa de un momento, es tarea de toda la vida y de toda una vida.

Ser hombre y mujer eucarístico, consiste en vivir con el constante gozo de saberse sagrario permanente  de la experiencia de Dios.

No deja de ser curioso quien va a una Iglesia derecho a saludar al Señor con gesto genuflexo, pero olvida saludar al hermano mirándolo con simpatía. Cada uno de nosotros somos  también sagrario: "El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él."

Cada creyente puede ser portador y custodio de la "forma" de Cristo y del "Cuerpo" de Cristo.

miércoles, 3 de junio de 2026

EVANGELIO DEL MIÉRCOLES. SEMANA 9 DEL TIEMPO ORDINARIO.


EVANGELIO
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, de los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano." Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»
Jesús les respondió: «Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como ángeles del cielo. Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: "Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob"? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.»

Marcos 12, 18-27