«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».
Gratis habéis recibido, dad gratis
Jesús envía a sus discípulos y les recuerda algo esencial: no son propietarios de lo que anuncian. La vida, la fe, la esperanza, el perdón y la capacidad de amar no son conquistas personales. Son dones recibidos. Por eso no pueden guardarse, administrarse con mezquindad ni utilizarse para obtener poder, prestigio o reconocimiento. «Lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis». Esta frase expresa la verdadera moneda de cambio de lo religioso: la gratuidad y la gratitud.
Cuando una persona experimenta la fe como un don desmesurado, la generosidad brota de ella casi espontáneamente. Es como un manantial: el agua no calcula quién se acerca, ni pregunta qué recibirá a cambio. Simplemente fluye. La fe vivida de verdad produce disponibilidad, acogida, perdón, cercanía y servicio. No porque haya que pagar una deuda a Dios, sino porque quien se siente profundamente agraciado termina convirtiéndose en gracia para otros.
La gratuidad de la fe nos educa para descubrir que las cosas más importantes de la vida no tienen precio. Podemos comprar objetos, servicios o comodidades, pero no podemos comprar una amistad verdadera, una palabra sincera, una mano que nos sostiene en un momento difícil o el cariño auténtico de alguien.
No hay precio para comprar un beso. Un beso solo puede ser regalado. En el momento en que se mercantiliza, pierde su verdad: deja de ser expresión de afecto y se convierte en otra cosa. Su valor consiste precisamente en que alguien ha querido darlo libremente, sin esperar nada a cambio.
Así es Dios. No comercia con nosotros. No vende su amor a cambio de méritos, sacrificios o comportamientos perfectos. Dios se ofrece gratuitamente. Su amor no se compra, se recibe. Y cuando se recibe de verdad, transforma nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Creer es descubrir que vivimos sostenidos por un amor que no hemos comprado ni merecido. Y la mejor manera de agradecer ese don consiste en hacerlo circular: ofrecer gratuitamente tiempo, escucha, ternura, perdón y cuidado.
Lo recibido gratuitamente solo permanece vivo cuando también se entrega gratuitamente.

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