Este evangelio de Mateo tiene una fuerza especial porque toca el nervio de la credibilidad religiosa. Jesús, en apariencia, no cuestiona el contenido de la enseñanza de los escribas y fariseos; reconoce que “se han sentado en la cátedra de Moisés” y pide que se escuche lo que dicen. Pero inmediatamente denuncia la fractura entre su palabra y su vida. El problema no es tanto lo que enseñan como la incoherencia con la que lo viven.
Y, sin embargo, cuando esa distancia es tan evidente, el mensaje termina inevitablemente herido. La verdad no se sostiene solo en fórmulas correctas; necesita un testigo. Cuando el mensajero utiliza la religión para imponerse, para cargar sobre otros lo que él no está dispuesto a asumir, la enseñanza pierde autoridad moral.
Resulta muy significativa la referencia al vestuario: filacterias ensanchadas, flecos alargados, signos visibles de piedad convertidos en instrumentos de prestigio. El vestido religioso, que debería expresar pertenencia y servicio, puede transformarse en máscara cuando busca reconocimiento. Lo visible, en el ámbito de la fe, tiene un gran poder simbólico; precisamente por eso es tan vulnerable a la tentación de la apariencia.
El centro del texto está en la inversión final: “El mayor entre vosotros será vuestro servidor”. Jesús desactiva toda lógica de rango, honor o título. La autoridad en su comunidad no nace del reconocimiento externo, sino de la entrega. Solo la humildad y la capacidad real de servir hacen creíble el anuncio del Evangelio.

La verdad necesita vivirse, no solo decirse. Cuando alguien usa la religión para aparentar o exigir a otros lo que no cumple, su mensaje pierde credibilidad.
ResponderEliminar