miércoles, 4 de marzo de 2026

EVANGELIO DEL MIÉRCOLES. SEMANA 2 DE CUARESMA

 


EVANGELIO
En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?»
Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»
Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»
Contestaron: «Lo somos.»
Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.» 

Mateo  20, 20-28

COMENTARIO

No conviene olvidar el clima litúrgico en el que resuenan los evangelios de estos días. Jesús, el Transfigurado, no se limita a revelarnos su gloria: nos coloca ante un espejo. Su luz no sólo ilumina el monte; atraviesa nuestras intenciones y nos obliga a preguntarnos si nuestras actitudes transfiguran su estilo de vida o, por el contrario, lo desfiguran.

El relato de Mateo está tejido con una sutileza admirable. Más que una escena aislada, parece un examen del corazón mientras se camina. Porque no basta con que el destino sea noble ni con estar dispuesto a “beber el cáliz”. El Evangelio sugiere que el modo de recorrer el camino importa tanto como la meta. 

Los sentimientos que nos acompañan —ambición, comparación, rivalidad— pueden contaminar incluso los proyectos más generosos.

Y el relato se enturbia cuando el evangelista señala que “los otros diez, al oírlo, se indignaron contra los dos hermanos”. La indignación aparece como síntoma de que algo se ha torcido. 

Las aspiraciones del clan de los Zebedeos, comprensibles y humanas, proyectan una sombra sobre el rostro del Transfigurado. No eran extraños ni adversarios: eran discípulos elegidos. Y su madre, pocos días después, permanecerá cerca de la cruz. Precisamente por eso duele más advertir cómo una lógica de privilegio puede desfigurar el estilo de Jesús.

Al traer el texto a nuestro presente —y permitidme la sencillez de la conclusión— surge una evidencia casi doméstica: se puede caminar hacia un buen fin, incluso con generosidad sincera, y sin embargo arruinar el trayecto con actitudes protagonistas que suscitan malestar a nuestro alrededor. 

Las buenas maneras, la humildad discreta, la capacidad de ceder, transfiguran el proyecto común. Las imposturas —y también las hipér-posturas, tan visibles como frágiles— lo desfiguran.

El liderazgo es siempre un terreno delicado. ¿Existe alguno que no implique, de un modo u otro, estar “a la derecha o a la izquierda”? Tal vez la cuestión no sea ocupar un lugar, sino cómo se ocupa. 

Porque los “Santiagos y Juanes” de hoy no son sólo nombres propios: son impulsos interiores, deseos de reconocimiento, tentaciones de primacía que habitan en cada uno de nosotros. 

Y es ahí, en ese espacio íntimo, donde la luz del Transfigurado sigue pidiendo que dejemos de desfigurar su rostro y aprendamos, sencillamente, a transparentarlo.





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