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martes, 24 de febrero de 2026

EVANGELIO DEL MARTES. SEMANA 1ª DE CUARESMA



EVANGELIO
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que lo pidáis. Vosotros rezad así: "Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno." Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.»

Mateo 6, 7-15

COMENTARIO

En una religión como el judaísmo en la que había cobrado una importancia radical la “palabra”, Jesús viene a invitar al "silencio": “cuando oréis no uséis muchas palabras….”. 


Es curioso el exilio que provoca el nazareno: de la palabra al silencio. De ahí que la gran llamada del discípulo sea dirigirse a Dios, junto al Hijo, como Padre: “Vosotros rezad así, Padre nuestro….”.

 

Robarle un poco de silencio a las palabras, permitiría discursos más breves y humildes. 


Ni el interlocutor se aburriría por la verborrea dramática del predicador de turno, ni el intérprete perdería su tiempo en aparentar lo que no es, máxime cuando ese tiempo estaría mejor empleado en conocer lo que no sabes de ti. 

 

“No seáis como ellos…, como los gentiles” –dice el Señor.

 

 

1 comentario:

  1. Tú comentario me parece una llamada muy directa a revisar cómo vivimos la fe. A veces pensamos que cuanto más hablamos —cuanto más explicamos, rezamos o predicamos— más auténticos somos. Pero no siempre es así. Muchas palabras pueden esconder inseguridad, deseo de aparentar o simple costumbre.

    La invitación al silencio no es desprecio de la palabra, sino una purificación. El silencio nos obliga a ser sinceros, a dejar de fingir y a mirarnos por dentro. Y eso cuesta. Es más fácil hablar que enfrentarse a lo que uno realmente es.

    Me interpela especialmente esa crítica a la “verborrea” y a la apariencia. En lo religioso también podemos caer en el teatro, en decir lo correcto sin vivirlo. Por eso el comentario sugiere algo muy humano y muy profundo: hablar menos, escuchar más y dedicar tiempo a conocernos.

    Quizá una fe más auténtica empieza cuando dejamos de impresionar y empezamos a ser verdaderos.

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