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sábado, 21 de febrero de 2026

EVANGELIO DEL DOMINGO 1 DE CUARESMA

 




EVANGELIO
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.


Mateo 1, 4-11


COMENTARIO

El episodio del desierto, tal como lo narra el evangelio de hoy, tiene algo de irónico. El “tentador” no aparece como un oscuro personaje de película, sino como esa persistente necedad inhumana que ronda el corazón de todo hombre. También el corazón humano de Jesús debió de sentirla insinuarse más de una vez.

El tentador no es tanto perverso como perezoso. Sabemos hacer pan. Sabemos también repartirlo. Y eso basta. Convertir piedras en pan es una solución mágica, un atajo que nos exime del trabajo y del compromiso. Pero el pan que humaniza no cae del cielo convertido en prodigio; se amasa con esfuerzo y se comparte con justicia. La pereza deshumaniza porque evita el riesgo de implicarse. Ahí está lo diabólico: en apartarnos de lo que nos hace verdaderamente humanos.

El tentador tampoco es tanto malo como vanidoso y engreído. Proponer que alguien se arroje desde lo alto del templo para “volar” no es más que una fantasía de brillo vacío. Es el resplandor efímero de quien necesita exhibirse para existir, como tantas estrellas fugaces de nuestros platós y redes sociales. Pero el ser humano no está hecho para volar, sino para caminar. No para deslumbrar, sino para alumbrar. No para brillar hueco por fuera, sino para encender luz por dentro.

Quien camina —y no vuela— aprende a detenerse. Mira al herido, reconoce al prójimo, siente el peso del mundo en sus propias plantas. Los pájaros vuelan. Los hombres y mujeres de fe caminan, y a veces corren; y solo así devuelven humanidad a los lugares donde parecía haberse extinguido.

Y el tentador, finalmente, no es tanto perverso como caprichoso. Pretender poseer todos los reinos del mundo es una fantasía desmesurada. ¿Para qué? La felicidad no se mide por acumulación, sino por hondura. Todos los reinos del mundo no valen nada si falta alguien que cada día pronuncie tu nombre con ternura. La plenitud no es cuestión de cantidad, sino de amor.

Así, el llamado “diabólico tentador” termina siendo una vida perezosa, engreída y caprichosa. Y por eso Jesús, plenamente humano, pudo desenmascararlo. Porque allí donde la humanidad es vivida con verdad, la necedad pierde fuerza y el desierto deja de ser amenaza para convertirse en camino.





1 comentario:

  1. Al leer tu comentario sobre el pasaje del desierto en el Evangelio según Mateo (4,1-11), lo primero que me nace decir es que es un texto muy logrado, tanto en profundidad como en actualidad. No te quedas en una lectura superficial ni en una interpretación demasiado literal del “diablo” como personaje externo y casi cinematográfico. Lo presentas, más bien, como una dinámica interior, como esa necedad persistente que puede instalarse en el corazón humano. Eso hace que el texto conecte de inmediato con la experiencia real de quien lo escucha o lo lee.

    Me parece especialmente acertada la manera en que reinterpretas las tres tentaciones. La de convertir las piedras en pan la sitúas en el terreno de la pereza y del atajo fácil: no como un problema de poder, sino como la tentación de evitar el esfuerzo y el compromiso. La idea de que el pan que humaniza se amasa con trabajo y se comparte con justicia es muy potente; tiene una dimensión social clara, pero expresada con equilibrio y sin caer en consignas.

    La segunda tentación, la de arrojarse desde el templo, la lees como vanidad y necesidad de exhibición. La aplicación al brillo vacío y al espectáculo de las redes sociales es muy actual y está bien integrada en el discurso. Hay frases que tienen verdadera fuerza poética, como ese contraste entre “deslumbrar” y “alumbrar”. No suenan forzadas; iluminan.

    En la tercera tentación, la de poseer todos los reinos, señalas el capricho y la acumulación como espejismos de felicidad. El contraste entre cantidad y hondura, entre poder y ternura, está muy bien construido. La frase sobre que todos los reinos no valen nada si nadie pronuncia tu nombre con ternura es especialmente hermosa y profundamente humana. Resume bien la idea de que la plenitud no se mide en posesiones, sino en amor.

    También me parece muy lograda la imagen del caminar frente a volar. Esa oposición atraviesa el texto con coherencia y le da unidad. Caminar implica tocar la tierra, detenerse, mirar al herido. Es una imagen sencilla, pero espiritualmente muy rica. Y el cierre, cuando afirmas que allí donde la humanidad se vive con verdad el desierto deja de ser amenaza y se convierte en camino, es un final redondo y esperanzador.

    Si tuviera que sugerir algo, sería apenas un matiz: quizá podrías vincular aún más explícitamente el “desierto” con situaciones concretas de la vida cotidiana —el trabajo, la familia, las decisiones difíciles— para que el lector se vea todavía más reflejado

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