El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
El episodio del desierto, tal como lo narra el evangelio de hoy, tiene algo de irónico. El “tentador” no aparece como un oscuro personaje de película, sino como esa persistente necedad inhumana que ronda el corazón de todo hombre. También el corazón humano de Jesús debió de sentirla insinuarse más de una vez.
El tentador no es tanto perverso como perezoso. Sabemos hacer pan. Sabemos también repartirlo. Y eso basta. Convertir piedras en pan es una solución mágica, un atajo que nos exime del trabajo y del compromiso. Pero el pan que humaniza no cae del cielo convertido en prodigio; se amasa con esfuerzo y se comparte con justicia. La pereza deshumaniza porque evita el riesgo de implicarse. Ahí está lo diabólico: en apartarnos de lo que nos hace verdaderamente humanos.
El tentador tampoco es tanto malo como bobo. Proponer que alguien se arroje desde lo alto del templo para “volar” no es más que una fantasía de brillo vacío. Es el resplandor efímero de quien necesita exhibirse para existir, como tantas estrellas fugaces de nuestros platós y redes sociales. Pero el ser humano no está hecho para volar, sino para caminar. No para deslumbrar, sino para alumbrar. No para brillar hueco por fuera, sino para encender luz por dentro.
Quien camina —y no vuela— aprende a detenerse. Mira al herido, reconoce al prójimo, siente el peso del mundo en sus propias plantas. Los pájaros vuelan. Los hombres y mujeres de fe caminan, y a veces corren; y solo así devuelven humanidad a los lugares donde parecía haberse extinguido.
Y el tentador, finalmente, no es tanto perverso como caprichoso. Pretender poseer todos los reinos del mundo es una fantasía desmesurada. ¿Para qué? La felicidad no se mide por acumulación, sino por hondura. Todos los reinos del mundo no valen nada si falta alguien que cada día pronuncie tu nombre con ternura. La plenitud no es cuestión de cantidad, sino de amor.
Así, el llamado “diabólico tentador” termina siendo una vida perezosa, boba y caprichosa. Y por eso Jesús, plenamente humano, pudo desenmascararlo. Porque allí donde la humanidad es vivida con verdad, la necedad pierde fuerza y el desierto deja de ser amenaza para convertirse en camino.

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