Si en tiempos de Jesús la fe de Israel no era un mundo totalmente cerrado, sino que también había personas de fuera interesadas y abiertas al Dios de Israel, entonces el contraste que plantea Jesús no es simplemente “unos contra otros”. Es algo más hondo: escuchar o no escuchar.
Los ninivitas escucharon. La Reina del Sur escuchó. No pertenecían al pueblo elegido y, sin embargo, supieron reconocer la verdad cuando se les anunció. No tenían todas las señales ni toda la luz, pero acogieron la que recibieron.
Por eso, el centro del texto no es quién está dentro y quién está fuera. La cuestión es quién responde. Jesús señala una paradoja dolorosa: hay quienes, estando cerca de la promesa, no escuchan; y hay quienes, estando lejos, se dejan tocar y cambian.
Si lo traemos a hoy, el pasaje nos incomoda. Puede que los “ninivitas” actuales no sean personas alejadas de toda fe, sino personas que, aun sin identificarse plenamente con la Iglesia, viven con sensibilidad hacia la justicia, la compasión, la dignidad humana, la búsqueda sincera de la verdad. Ahí hay una apertura real al espíritu del Evangelio.
Y, al mismo tiempo, puede suceder que la propia comunidad creyente, con toda su riqueza de sacramentos y enseñanza, se acostumbre tanto a las palabras que ya no las escucha de verdad. Se oye el Evangelio, pero no siempre se deja que transforme.
Este texto nos invita a la humildad. No basta con pertenecer. Lo decisivo es estar atentos cuando la Palabra pasa por nuestra vida y tener el valor de cambiar.

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