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miércoles, 4 de noviembre de 2026

EVANGELIO DEL MIÉRCOLES. SEMANA 31 DEL TIEMPO ORDINARIO

  EVANGELIO

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, sí quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: "Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar." ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»
Lucas   14, 25-33

COMENTARIO

Jesús no propone tanto una comunidad de padres, madres e hijos cuanto una comunidad de hermanos. Su proyecto es construir una nueva familia que desborde las fronteras de la sangre, la religión y el territorio. Es más fraternidad que pertenencia, más apertura al otro que defensa de lo propio. Ser discípulo suyo no significa dejar de ser hijo, padre o madre, sino aprender a ser hermano de quienes no pertenecen a nuestro círculo.

Desde esta perspectiva hay que entender las duras palabras de Jesús sobre la familia. Como judío, Jesús conocía y valoraba dos pilares fundamentales de la identidad de Israel: la familia y la tierra. Pero precisamente por su importancia podían convertirse en ídolos. La familia, cuando excluye a los demás; la tierra, cuando se transforma en una posesión sagrada que separa a los pueblos. Jesús no rechaza estos valores, sino su absolutización. No pide amar menos a los propios, sino aprender a amar más allá de ellos.

Sin embargo, un proyecto tan radical exige realismo y conocimiento de las propias posibilidades. Las dos parábolas de la torre y del rey que prepara una batalla invitan a medir las fuerzas antes de emprender el camino. Seguir a Jesús exige una decisión radical, pero su realización es necesariamente progresiva. Nadie se libera de sus egoísmos, seguridades y prejuicios de un día para otro. La radicalidad está en el horizonte; la gradualidad, en el camino. No se trata de rebajar el Evangelio, sino de asumirlo con lucidez.

Para recorrer ese camino conviene viajar ligeros de equipaje y dispuestos a cargar con la propia cruz. Renunciar a los bienes no significa despreciarlos, sino dejar de vivir sometidos a ellos, aprendiendo a compartirlos. Y cargar con la cruz no es buscar el sufrimiento, sino aceptar las dificultades y los conflictos que supone vivir de otra manera. Desprenderse de lo que nos encierra y asumir lo que nos cuesta permite avanzar hacia una fraternidad más amplia.

En definitiva, Jesús no invita a querer menos a nuestra familia, nuestra tierra o nuestra gente, sino a impedir que nuestro amor termine en ellas. Porque el Evangelio comienza a hacerse realidad cuando dejamos de preguntar quiénes son los nuestros y descubrimos que también los otros son nuestros hermanos.

 

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