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domingo, 1 de noviembre de 2026

EVANGELIO DEL DOMINGO. FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

  


EVANGELIO
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentio, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
–«Dichosos los pobres en el espíritu, 
porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los sufridos, 
porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran, 
porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, 
porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, 
porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, 
porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, 
porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, 
porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.»


Mateo   5, 1-12

COMENTARIO

Nuestra cultura también tiene sus bienaventuranzas, aunque no las pronuncie en voz alta. Parece que son dichosos los que destacan, los que rinden, los que consiguen hacerse ver. Nos repiten que podemos llegar a ser lo que queramos si nos esforzamos lo suficiente. Y quizá, sin darnos cuenta, vivimos un poco cansados de intentarlo.

Jesús nos propone otro camino.

Podríamos hablar de virtudes pasivas. No porque sean propias de gente que no hace nada, sino porque nacen de acoger más que de conquistar. La santidad no es un proyecto de superación personal; no la fabricamos nosotros. Se recibe. Es dejar que Cristo, manso y humilde de corazón, vaya tomando forma en nuestra vida, poco a poco, tal como somos.

Pensemos en los mansos, en un tiempo en que se grita tanto. En los misericordiosos, cuando el error ajeno se expone con tanta facilidad. En los limpios de corazón, en medio de tantas imágenes cuidadas. En los que trabajan por la paz, cuando el enfrentamiento parece llamar más la atención.

Son personas que no necesitan endurecerse para vivir. Y nos recuerdan algo sencillo: que no estropear la historia también es una manera de construirla. No añadir dolor al dolor. No aprovecharse de quien es frágil.

Pero esto no es resignación. Jesús no bendice el sufrimiento; se pone al lado de quien sufre. Y nos confía esa misma tarea a nosotros, a su Iglesia: ser sal de la tierra y luz del mundo. En una cultura que a menudo esconde el dolor, o lo convierte en espectáculo, estamos llamados a quedarnos junto a quien sufre. No para explicarle su dolor, sino para acompañarle a atravesarlo, y ayudarle a mirar un poco más allá. Estar donde Cristo está, y encontrarle allí.

Quien tiene hambre de justicia no se queda quieto, pero tampoco responde con la violencia que quiere superar. Y eso, a veces, tiene un precio. También lo dice la última bienaventuranza.

Quizá hemos pensado la santidad como algo excepcional, reservado a unos pocos. Y hemos olvidado a quienes escuchan sin juzgar, acompañan sin invadir y ayudan sin humillar. Personas a las que casi nadie mira, pero que sostienen el mundo.

Ser bienaventurado es ponerse en camino. Con Cristo, ese futuro ya ha comenzado. La dicha no está en llegar el primero, sino en pasar por la vida dejando a nuestro alrededor menos miedo, menos dolor… y un poco más de humanidad.

 


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