Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado por motivo de Herodías, mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía que no le estaba permitido vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta. El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera. Ella, instigada por su madre, le dijo: «Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista.»
El rey lo sintió; pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran; y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven, y ella se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús.
En el origen de todo hay una danza.
No siempre una danza con música y escenario. A veces es un gesto, una palabra, una mirada, un silencio... Algo tan pequeño que nadie le concede importancia. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos recuerda que una danza aparentemente inocente puede acabar desencadenando una historia injusta, dañina e insensata.
No fue la danza la que mató a Juan Bautista. Lo mataron el orgullo, la manipulación, el miedo a perder prestigio y la cobardía de Herodes. Pero aquella danza puso en marcha el último paso de una tragedia que llevaba tiempo gestándose.
También nosotros vivimos rodeados de pequeñas "danzas" cotidianas. Gestos que parecen inofensivos, pero que, repetidos, terminan deteriorando la convivencia, rompiendo la confianza o haciendo daño a quienes tenemos cerca.
Está la danza de "tirar la piedra y esconder la mano". Un comentario insinuado, una crítica dicha a medias, un rumor lanzado con habilidad para que otros hagan el trabajo sucio. Parece un movimiento ligero, casi imperceptible, pero deja heridas profundas y enfrenta a las personas.
Está la danza del "mírame, pero no me toques". La necesidad constante de reconocimiento, de ocupar el centro, de recibir admiración, pero sin aceptar la cercanía, la corrección o el contraste con los demás. Es una danza que termina aislando, porque convierte a las personas en espectadores en lugar de compañeros de camino.
Y está la danza del silencio cómodo. La de quien presencia una injusticia y prefiere no complicarse la vida. No hace el mal directamente, pero deja que ocurra. Herodes sabía que Juan era inocente; sin embargo, eligió proteger su imagen antes que defender la verdad.
El Evangelio nos invita hoy a preguntarnos cuáles son las danzas que interpretamos casi sin darnos cuenta. Porque no siempre son los grandes gestos los que destruyen una comunidad, una familia o una amistad. Con frecuencia son esos pequeños movimientos cotidianos que parecen insignificantes y que, sin embargo, van preparando el terreno para el desencuentro.
Frente a esa coreografía del miedo, del orgullo y de la apariencia, Jesús propone otra danza: la de la verdad, la libertad y la fidelidad a la conciencia. Juan Bautista perdió la cabeza, pero no perdió la verdad. Herodes conservó el poder, pero quedó prisionero de sus propios miedos. El Evangelio nos invita a elegir bien los pasos de nuestra vida, porque incluso los gestos más pequeños pueden convertirse en el comienzo de una historia de vida... o de una historia de destrucción.
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