En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
- «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.
Estas parábolas no explican con detalle qué es el Reino de Dios, pero sí muestran qué ocurre en quien lo descubre. Uno encuentra un tesoro casi por sorpresa; otro lleva tiempo buscando una perla valiosa. Los caminos son distintos, pero la reacción es la misma: reconocen algo decisivo y reorganizan su vida desde ahí.
El Reino está delante de nosotros, aunque no haga ruido. No llega como un espectáculo, sino como una presencia discreta. Así actúa también la gracia: no es el premio caprichoso de un dios que reparte favores, sino la desmesura de un Dios que se entrega siempre. La cuestión es si sabemos verlo. Hay que educar la mirada y preguntarnos: ¿valoro lo que tengo delante?, ¿reconozco su profundidad?, ¿o lo mantengo enterrado bajo prejuicios, rutinas, quejas y costumbres que me impiden descubrirlo?
Estas parábolas hablan también de un punto de no retorno. Llega un momento en que uno comprende: «Aquí debo estar. Esto merece mi vida». No significa que todo sea perfecto, sino que hemos encontrado un centro. Frente a una existencia que va de flor en flor, consumiendo cosas, relaciones o experiencias espirituales, el Evangelio propone arraigo, decisión y fidelidad.
Descubrir el propio tesoro no es conformismo, sino madurez. Es dejar de vivir buscando siempre otra cosa y atrevernos a elegir. Quien encuentra el Reino no pierde la vida: deja de dispersarla. Vende lo secundario para quedarse con lo esencial, y lo hace, además, lleno de alegría. Solo quien elige de verdad descubre cuánto puede amar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por tu opinión.