En el evangelio de hoy, Jesús nos coloca ante una pregunta muy actual: ¿cómo vivimos nuestra pertenencia creyente? La parábola del banquete no habla sólo de unos invitados de otro tiempo; habla también de nosotros, de nuestra Iglesia, de nuestras maneras de estar cerca de Dios y, a veces, de nuestras formas de no dejarnos alcanzar por Él.
Hay un primer riesgo: el orgullo de pertenecer. Podemos sentirnos seguros por ser católicos, por conocer el lenguaje de la fe, por tener tradición, práctica o formación. Pero el orgullo puede cegarnos. Puede hacernos incapaces de escuchar a quienes anuncian el Evangelio con otros acentos, o a creyentes sencillos cuya fe quizá no es tan ilustrada, pero cuyo corazón está más disponible.
Hay también un segundo riesgo: vivir una fe de paso. Entrar porque la puerta está abierta, porque toca bautizarse, comulgar, casarse, aparecer alguna vez, pero sin que el Evangelio dé forma real a la vida. Ahí aparece el símbolo del traje de fiesta. No es una chaqueta social ni una exigencia elitista. Es la señal de una que se deja transformar.
El banquete está abierto a todos, pero no se puede estar en él de cualquier manera, porque una mesa no es sólo un lugar que se ocupa, es comunión que se acepta. Sentarse es dejarse revestir por la lógica del Reino: gratuidad que llama, sí, pero también vida que responde con gratitud, respeto y deseo de comunión.
Porque para "sentarse", hay que "sentirse".

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