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jueves, 20 de agosto de 2026

EVANGELIO DEL JUEVES. SEMANA 20 DEL TIEMPO ORDINARIO.

 

 

EVANGELIO
En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»


Mateo  22, 1-14

COMENTARIO

En el evangelio de hoy, Jesús nos coloca ante una pregunta muy actual: ¿cómo vivimos nuestra pertenencia creyente? La parábola del banquete no habla sólo de unos invitados de otro tiempo; habla también de nosotros, de nuestra Iglesia, de nuestras maneras de estar cerca de Dios y, a veces, de nuestras formas de no dejarnos alcanzar por Él. 


Hay un primer riesgo: el orgullo de pertenecer. Podemos sentirnos seguros por ser católicos, por conocer el lenguaje de la fe, por tener tradición, práctica o formación. Pero el orgullo puede cegarnos. Puede hacernos incapaces de escuchar a quienes anuncian el Evangelio con otros acentos, o a creyentes sencillos cuya fe quizá no es tan ilustrada, pero cuyo corazón está más disponible. 


Hay también un segundo riesgo: vivir una fe de paso. Entrar porque la puerta está abierta, porque toca bautizarse, comulgar, casarse, aparecer alguna vez, pero sin que el Evangelio dé forma real a la vida. Ahí aparece el símbolo del traje de fiesta. No es una chaqueta social ni una exigencia elitista. Es la señal de una que se deja transformar. 


El banquete está abierto a todos, pero no se puede estar en él de cualquier manera, porque una mesa no es sólo un lugar que se ocupa, es comunión que se acepta. Sentarse es dejarse revestir por la lógica del Reino: gratuidad que llama, sí, pero también vida que responde con gratitud, respeto y deseo de comunión.

Porque para "sentarse", hay que "sentirse".




 


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