La parábola de los trabajadores de la viña no habla solo de salarios ni de horarios. Habla, sobre todo, de oportunidades. El dueño sale una y otra vez a la plaza. No se queda en casa calculando quién merece y quién no merece. Sale. Mira. Llama. Invita. Y ahí está una de las claves más hermosas del Evangelio.
Dios no mira a las personas como casos cerrados. No dice, este ya no cambiará, aquel llega tarde, ese no ha hecho bastante. Dios ve en cada ser humano una posibilidad abierta. Incluso cuando otros solo ven retraso, inutilidad o fracaso, él pregunta: "¿Quieres venir también tú a mi viña?"
La parábola desmonta nuestra manera habitual de relacionarnos. Nosotros muchas veces funcionamos desde el prejuicio. Clasificamos, etiquetamos, administramos confianza. Decidimos demasiado pronto quién merece una oportunidad y quién no. El Evangelio, en cambio, nos empuja a mirar de otro modo. No desde lo que el otro fue, sino desde lo que todavía puede llegar a ser.
Dar una oportunidad no significa ser ingenuos. Significa creer que nadie queda reducido para siempre a su última caída, a su última torpeza o a su última ausencia. La viña sigue abierta. La llamada sigue sonando. Y quizá la conversión comienza cuando dejamos de preguntar "¿Se lo merece?" y empezamos a preguntar: "¿Qué vida puede nacer todavía aquí?"

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