Jesús les respondió: «Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como ángeles del cielo. Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: "Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob"? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.»
Marcos 12, 18-27
Jesús no entra en esa lógica. Da un salto al vacío, como un trapecista loco. Se atreve a pensar la vida desde Dios, no desde nuestras categorías de pertenencia, función o posesión.
La ley del levirato era buena: protegía a la viuda y aseguraba descendencia al difunto. Pero partía de una situación de injusticia: la persona era entendida por el lugar que ocupaba en la vida de otros. Era “mujer de”, “hijo de”, “viuda de”.
También hoy decimos: “mi mujer”, “mi marido”, “mi hijo”. Y no está mal. La pertenencia es buena: nos hace comunitarios. Pero puede engendrar posesión. “Pertenecer a” nos vincula; “ser posesión de” nos convierte en esclavos.
Y Jesús no quiere esclavos. Quiere hombres y mujeres liberados.
Por eso parece decir: la vida verdadera no es “ser mujer de”, sino “ser mujer” ante Dios. No somos propiedad de nadie. Somos personas vivas ante Dios y junto a otros.
Hoy conviene preguntarnos de quién o de qué somos mercancía: de una relación, de una familia, de una institución, del éxito, de la imagen, del miedo, de la necesidad de agradar.
Poner nombre a esas pertenencias insanas es discernir nuestra libertad. No para vivir “sin nadie”, sino para vivir sin ser posesión de nadie.
Somos comunión, no posesión. Y eso es estar vivo.
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