Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
La fiesta de la Trinidad nos coloca ante una de las preguntas más hondas de la vida: ¿es posible la unidad siendo diversos? ¿Es posible el diálogo cuando no pensamos igual, cuando no sentimos igual, cuando no miramos la realidad desde el mismo sitio? ¿Es posible sentirse lleno precisamente cuando uno se entrega del todo?
El evangelio de Juan nos responde desde el corazón mismo de Dios: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”. Dios no se guarda. Dios no se encierra. Dios no se protege a sí mismo como quien teme perder algo. Dios ama entregando. Y, al entregar, no se vacía: se revela. No pierde: comunica vida. No disminuye: se muestra en plenitud.
Para nosotros lo blanco es blanco y lo negro es negro, ganar es poseer, perder es entregar, mandar es imponerse y juzgar es tener razón. Pero Dios rompe esa lógica estrecha. En Dios, uno no significa soledad; tres no significa división. En Dios, darse no significa quedarse vacío. En Dios, amar no es controlar, sino abrir espacio para que el otro viva.
Esto tiene una fuerza enorme para nuestro modo de vivir. Pensamos que para estar unidos todos tenemos que decir lo mismo, sentir lo mismo, votar lo mismo, rezar igual, mirar igual, callar las diferencias. Pero eso no es comunión; eso puede ser miedo disfrazado de orden. La Trinidad nos recuerda que la diversidad no es una amenaza cuando está sostenida por el amor. El problema no es ser distintos. El problema es dejar de escucharnos, dejar de reconocernos, dejar de buscarnos.
También confundimos el diálogo con la renuncia a la verdad. Dialogar no es decir que todo da igual. Dialogar es creer que el otro puede iluminar una parte de la verdad que yo no veo. Es aceptar que mi mirada no agota el misterio. Es comprender que, si Dios mismo es relación, nadie puede vivir encerrado en su propia razón, en su propia herida, en su propio juicio.
El evangelio lo dice con claridad: Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Qué importante es esto. Dios viene a salvar. Viene a levantar. Viene a abrir una posibilidad donde nosotros solo vemos callejones sin salida. Y, sin embargo, el evangelio también habla de juicio. Pero el juicio no aparece como una amenaza externa, sino como la consecuencia de cerrarse al amor.
La Trinidad nos invita a vivir sin simplificarlo todo. A no convertir la fe en una tabla de multiplicar donde todo encaja perfectamente. Hay realidades que solo se entienden cuando se aman. Hay verdades que no se poseen; se acogen.

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