Entonces le dijo: «Nunca jamás coma nadie de ti.» Los discípulos lo oyeron.
Llegaron a Jerusalén, entró en el templo y se puso a echar a los que traficaban allí, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo.
Y los instruía, diciendo: «¿No está escrito: "Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos" Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos.»
Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de su doctrina, buscaban una manera de acabar con él. Cuando atardeció, salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz.
Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús: «Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.»
Jesús contestó: «Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte: "Quítate de ahí y tirate al mar", no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas.»
Marcos cuenta esta escena con una fuerza enorme. Jesús tiene hambre, busca fruto en una higuera y solo encuentra hojas. Después entra en el templo y se encuentra con algo parecido: mucha actividad, mucho movimiento, mucho negocio religioso, pero poco fruto verdadero. La higuera y el templo se explican mutuamente.
La higuera llena de hojas representa a la religiosidad de escribas y fariseos, una religiosidad con apariencia, pero sin vida. Hay estructura, hay culto, hay normas, hay especialistas, hay funcionamiento… pero falta lo esencial: justicia, oración, apertura a todos, confianza en Dios y corazón reconciliado.
Por eso Jesús actúa con tanta dureza en el templo. No protesta contra la oración ni contra el culto. Protesta contra un culto vacío, convertido en mercado, en poder, en costumbre interesada. Lo que debía ser “casa de oración para todos los pueblos” se ha cerrado sobre sí mismo y se ha convertido en “cueva de bandidos”. El problema no es solo económico; es espiritual. Se ha usado a Dios para sostener intereses humanos.
Este evangelio no habla solo del templo de Jerusalén. También nos habla a nosotros. Una Iglesia, una comunidad o una persona pueden tener muchas hojas y ningún fruto. Podemos conservar formas religiosas, palabras correctas, celebraciones cuidadas y estructuras bien organizadas, pero sin evangelio vivo. Y entonces aparece la misma pregunta: ¿a quién estamos sirviendo realmente?, ¿a Dios y a la gente, o a nosotros mismos?
Jesús propone otro camino: fe y perdón. Fe no como idea bonita, sino como confianza real en Dios, capaz de mover montañas interiores: miedos, inercias, durezas, intereses, bloqueos. Y perdón, porque no hay oración verdadera si el corazón vive cerrado contra los demás.
El fruto que Jesús busca no es espectáculo religioso. Es una vida que se abre, que confía, que sirve, que perdona y que convierte el culto en humanidad verdadera. Sin eso, todo puede estar lleno de hojas, pero seco de raíz.
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