Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: «¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías? Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene.»
Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado.»
Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.
Hay en este gesto una intuición profunda para nuestra vida: crecer casi siempre implica “complicarse la vida”. Permanecer en lo cómodo nos preserva, pero también nos empobrece. Dar un paso hacia lo difícil, hacia lo que nos desinstala, es muchas veces el único camino hacia la verdad.
Jesús no actúa de forma impulsiva. Primero sube en silencio, sin hacerse notar. Hay un tiempo para retirarse, para no exponerse inútilmente. Pero ese mismo Jesús, llegado el momento, habla con claridad en el templo. No se esconde cuando la verdad lo reclama. Su vida no está guiada por el miedo, sino por una fidelidad interior más honda que cualquier amenaza.
Y el centro de esa fidelidad es su relación con el Padre. De ahí nace su libertad para moverse entre el silencio y la palabra, entre la discreción y la valentía. No responde a expectativas externas, sino a una voz interior que lo envía.
También nosotros vivimos muchas veces instalados en nuestras “Galileas”: espacios donde todo está bajo control, donde evitamos el conflicto y la incertidumbre. Pero la vida, y la fe, nos empujan en ocasiones a subir a nuestra propia “Jerusalén”: decisiones incómodas, conversaciones pendientes, compromisos que nos exponen.
No se trata de buscar problemas, sino de no rehuirlos cuando forman parte del camino verdadero. Porque hay momentos en los que no complicarse la vida es, en el fondo, renunciar a vivir con hondura.
Quizá la oración hoy sea pedir lucidez para reconocer cuándo es tiempo de permanecer y cuándo es tiempo de subir; cuándo callar y cuándo hablar; y, sobre todo, desde dónde vivir. Como Jesús, desde una raíz profunda en Dios, que nos permita afrontar lo difícil sin perder la paz.
La gente juzga a Jesús por lo que ve, pero la verdad va más allá de las apariencias
ResponderEliminar