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sábado, 21 de marzo de 2026

EVANGELIO DEL DOMINGO. SEMANA 5 DE CUARESMA

 

 

EVANGELIO
En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Juan   11, 3-45

COMENTARIO

Jesús es experto en hablar de vida aunque delante tenga la muerte. Dicho de otro modo: Jesús, consciente de la muerte, es capaz de releerla desde la vida, mostrando que en medio de lo que parece cerrado puede abrirse paso la Vida de Dios. Esto se aplica tanto al episodio de Lázaro como a la experiencia humana de límite y vulnerabilidad: no se trata solo de una mirada optimista, sino de una presencia viva que actúa.

El relato de Lázaro, por tanto, no habla únicamente de una resurrección concreta. Lázaro representa todas aquellas situaciones humanas en las que parece que ya no hay nada que hacer, donde el desaliento y la resignación dominan. Sin embargo, precisamente en esos momentos puede irrumpir una vida que no nace de nosotros, pero que puede darse en nosotros.

El texto describe dos actitudes fundamentales: por un lado, aquellas que paralizan la vida —miedo, resignación, queja—; por otro, las que impulsan crecimiento, creatividad y superación. Estas últimas, sin embargo, no son solo fruto del esfuerzo humano, sino el lugar donde la acción de Dios puede manifestarse. Se trata, en el fondo, de la lucha entre el miedo y la valentía, entendida no como mera psicología, sino como la decisión de permitir que la Vida de Dios tenga la última palabra.

Las voces de los discípulos, de Marta y María, y de los judíos expresan actitudes profundamente humanas: fatalismo, reproche, impotencia. Son voces que también habitan en nosotros y que, cuando dominan, nos convierten en “Lázaros”, cubiertos por losas externas o internas. Es la experiencia de una existencia atrapada en la incertidumbre y el desaliento. Pero incluso ahí, no todo está perdido.

Frente a ello aparece la actitud de Jesús, que se articula en tres momentos

Primero, ponerse en camino: no por autosuficiencia, sino respondiendo a una llamada que impulsa a salir de la comodidad. 

Segundo, la sensibilidad: Jesús no es ajeno al dolor, llora ante la muerte del amigo, dejando que el corazón de Dios ensanche el suyo. 

Tercero, la decisión: Jesús actúa con autoridad, no desde la queja ni la evasión, sino dejando que la fuerza de Dios se exprese en su acción.

Así, el itinerario de Jesús —del silencio a la palabra, de la palabra al llanto y del llanto a la decisión— se presenta como camino de fe. Una fe que no consiste solo en vivir, sino en permitir que Dios viva en nosotros incluso cuando todo parece oler a muerte.




1 comentario:

  1. Hoy también sigue resonando la voz que llamó a Lázaro. Todos tenemos nuestras propias tumbas, nuestras losas y nuestras vendas: situaciones que nos pesan, miedos que nos paralizan o heridas que parecen cerrarnos a la vida. Sin embargo, precisamente ahí, cuando todo parece acabado, Jesús sigue llamando a cada persona por su nombre e invitándola a salir. Creer es escuchar esa voz y dar un paso, aunque todavía sintamos la fragilidad, el cansancio o incluso el olor de lo que parecía muerto en nosotros.

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