Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: "Es nuestro Dios", aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera: "No lo conozco" sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría.» Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?» Jesús les dijo: «Os aseguro que antes que naciera Abrahán, existo yo.» Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.
«No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?» Probablemente este versículo sea una de las claves interpretativas del texto de hoy.
Para un judío, la edad de "cincuenta" años estaba asociada a la madurez y a una cierta plenitud en la vida religiosa, lo que implicaba una mayor autoridad para el discernimiento y la enseñanza.
Precisamente Jesús, a quien se le suponía una edad entre los 30 y los 40 años, aparece ante ellos como alguien sin la autoridad suficiente según sus criterios. Y, sin embargo, ese hombre se presenta como referencia absoluta del Padre.
Pero Jesús no solo se presenta como alguien importante: va mucho más allá. Cuando afirma «antes que naciera Abrahán, existo yo», está utilizando una expresión que remite al nombre mismo de Dios revelado en el libro del Éxodo (“Yo soy el que soy”). Con ello, Jesús se sitúa en el ámbito mismo de Dios.
Esto era inconcebible para un judío "legal" del momento; una auténtica blasfemia. De ahí la dureza del final del evangelio: "cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo". De hecho, si leemos el capítulo 24 del Libro del Levítico, la blasfemia está tipificada como delito que se castiga con lapidación o apedreamiento.
Cuando traemos el texto al hoy de nuestra vida, creo que nos transmite dos valores importantes para el cristianismo actual.
En primer lugar, la centralidad de la persona de Jesús. No podemos perder de vista la acción de Jesús en los relatos del Nuevo Testamento. Una religión sin el "Jesús" que nos transmiten los evangelios es una coartada que devalúa la fe cristiana y la hace inauténtica.
Y, en segundo lugar, nunca debemos olvidar que, igual que Jesús hizo presente a Dios más allá de las instituciones religiosas de su tiempo, las iglesias y los cristianos de hoy hemos de hacer presente su mensaje en nuestros contextos culturales. De lo contrario, el cristianismo no será más que un buen pretexto para llenar bellos museos.
Y no está mal llenar museos, pero el Nazareno no es un pre-texto, sino un con-texto para hoy.

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