Lucas 1, 26-38
María se convierte en personaje revelador de otra manera de sentir la vida. Los primeros cristianos quisieron expresar que lo verdaderamente liberador no llega a través de los poderes del momento: ni la religión entendida como seguridad, ni el poder político. No se trata de negarlos, sino de relativizarlos.
Al sentido de la vida se accede desde la fragilidad y normalidad de una mujer llamada María. ¿Qué supone esto en su contexto? Lo habitual era confiar en el Templo o en el Pretorio. Difícilmente alguien habría visto en el vientre de una mujer un lugar de esperanza y de sentido.
Sin embargo, la propuesta cristiana presenta a una mujer concreta que, desde su historia, acoge la pregunta decisiva: ¿quién nos liberará? Y lo hace desde una actitud activa de escucha, discernimiento y libertad (“¿cómo será esto?”… “hágase en mí”). Ahí reside lo contracultural de esta escena.
Al traer este texto al presente, conviene no reducir a María a objeto de culto. Es signo de una llegada alternativa del sentido, pero también sujeto creyente que responde libremente. En ella se abre un modo nuevo de relación con Dios, que desborda las seguridades establecidas.
También hoy será necesario buscar esos “vientres” donde, desde la fragilidad, se gesta una alternativa al sentido dominante, muchas veces ligado al poder, al mérito o a la apariencia.
En una sociedad centrada en el hacer y el rendimiento, el “hágase” y la turbación de María recuerdan que no todo depende de la acción. Hay una disponibilidad confiada, no pasiva, que abre caminos nuevos.
Así, la Anunciación sugiere que la plenitud no siempre nace del hacer más, sino del acoger y responder a la iniciativa de Dios.

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