A veces, con este evangelio, nos pasa como con algunas canciones: oímos la música, pero no escuchamos la letra.
Unos lo utilizan como si fuera una “prueba” de que existe el infierno. Otros lo despachan como un cuento antiguo lleno de imágenes irreales. Pero el evangelio no está interesado en resolver curiosidades sobre el más allá. Está hablando de algo mucho más incómodo: cómo vivimos aquí.
Jesús utiliza imágenes conocidas por sus oyentes —el seno de Abraham, el diálogo entre los muertos— para denunciar tres cosas muy concretas.
Ceguera social.
El rico no ve a Lázaro. No lo odia, no lo expulsa, ni siquiera lo insulta: simplemente no lo ve. Y eso es aún más terrible. El problema no es la riqueza, sino la indiferencia ante el pobre que está tirado en la propia puerta.
Aislamiento consumista.
El rico vive rodeado de banquetes, lujo y comodidad. Su mundo está lleno… pero solo de sí mismo. La abundancia termina levantando un muro invisible que lo separa de la realidad.
Distancia social.
Entre la vida del rico y la del pobre se abre un abismo. No aparece de repente: se ha ido cavando día a día, decisión tras decisión, indiferencia tras indiferencia. Y llega un momento en que parece imposible de cruzar.
Esta tríada —ceguera, aislamiento, distancia— describe inquietantemente bien nuestro mundo.
El texto termina con una frase que debería inquietarnos: “ni aunque resucite un muerto” cambiarán.
Cuando el corazón se acostumbra a no ver, ni siquiera los milagros logran despertarlo.
Quizá por eso el evangelio no necesita más prodigios espectaculares.
Tal vez necesitamos milagros mucho más sencillos:
ojos que se atrevan a mirar el dolor cercano,
manos que se acerquen y acompañen,
pasos que acorten la distancia entre unos y otros.
Porque este evangelio no pretende describir el infierno.
Pretende impedir que lo sigamos construyendo aquí.

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