Juan 6, 52-59
Parroquia de Liétor
Iglesia De Santiago Apóstol. Liétor. Albacete
viernes, 24 de abril de 2026
EVANGELIO DEL VIERNES. SEMANA 3 DEL TIEMPO DE PASCUA
Juan 6, 52-59
jueves, 23 de abril de 2026
EVANGELIO DEL JUEVES. SEMANA 3 DEL TIEMPO DE PASCUA.
Juan 6, 44-51
La fe cristina siempre ha tenido problemas para "vérselas" con el gozo y el placer del vivir. Por eso, la vida plena-eterna-gloriosa la hemos dejado para "la otra vida"; mientras tanto, nos toca estar en este "valle de lágrimas"... haciendo méritos...y si es posible...sufriendo (porque si no no tiene mérito).
Este esquema resulta nefasto; porque empezamos la casa por el tejado. Cristo no dijo sufre para encontrar la "gloria", sino que más bien nos invita a acoger su "dicha" y redimensonar nuestras cruces desde ella.
Por eso dice el texto de hoy que "si creemos tenemos ya la vida eterna". Cristo es la "llave", la "puerta" (diremos el domingo que viene), y a partir de ahí todo puede ser visto "de otro modo".
miércoles, 22 de abril de 2026
EVANGELIO DEL MIÉRCOLES. SEMANA 3 DEL TIEMPO DE PASCUA
Juan 6, 35-40
martes, 21 de abril de 2026
EVANGELIO DEL MARTES. SEMANA 3 DEL TIEMPO DE PASCUA
Juan 6, 30-35
lunes, 20 de abril de 2026
EVANGELIO DEL LUNES. SEMANA 3 DEL TIEMPO DE PASCUA.
domingo, 19 de abril de 2026
EVANGELIO DEL DOMINGO. SEMANA 3 DEL TIEMPO DE PASCUA
Ellos se detuvieron preocupados.
Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó: «¿Qué?»
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Pero es justamente ahí donde Jesús se acerca. No se impone. Camina con ellos, les escucha, les pregunta y les ayuda a releer lo vivido. El Resucitado no borra su decepción de golpe; les enseña a entenderla desde la Escritura. Por eso, antes de reconocerlo con los ojos, empieza a arderles el corazón.
Y el momento decisivo llega en la mesa. Lo reconocen al partir el pan. Ahí Lucas nos deja una de las claves mayores de la Pascua: Jesús vive y se deja reconocer en la Palabra compartida y en el pan partido.
Pero partir el pan no es solo celebrar un rito. Es expresar una forma de vivir. En ese gesto aparece concentrada toda la vida de Jesús: una vida entregada, ofrecida, hecha alimento para otros. Por eso la Eucaristía no es solo comulgar; es aprender a ser pan para los demás.
Y hay una señal clara de que lo han reconocido de verdad: dejan de huir y vuelven a Jerusalén. El encuentro con el Resucitado no nos encierra en la emoción; nos devuelve a la comunidad y nos pone otra vez en camino.





