Pero él les dirige en seguida la palabra y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.»
Entró en la barca con ellos, y amainó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque eran torpes para entender.
El Jesús que un día fue ternura envuelta en pañales, silencio de pesebre y fragilidad absoluta, aparece hoy cruzando la noche sobre un mar encrespado. Y da miedo. No porque haya cambiado Él, sino porque ha cambiado la distancia desde la que lo miramos.
El evangelio es honesto y la liturgia, sabia. No edulcora a Jesús ni lo deja atrapado en la postal navideña. Nos lo devuelve entero, sin recortes: capaz de conmover y de inquietar, de acariciar y de desinstalar. Por eso la Iglesia combina los textos como lo hace: para que no nos fabriquemos un Jesús a medida, inofensivo, manejable, sin aristas.
En Marcos 6, Jesús no está en la barca. Está lejos, orando, mientras los suyos reman con fatiga. Ya ahí hay una primera incomodidad: Jesús no siempre está donde creemos que debería estar. Y cuando por fin aparece, no calma inmediatamente la tormenta. Camina sobre ella. No elimina el miedo: lo atraviesa.
Los discípulos no gritan porque el mar esté bravo —a eso ya están acostumbrados—. Gritan porque Jesús se acerca. Porque irrumpe donde no debería ser posible. Porque ya no encaja en sus categorías. El miedo nace cuando Dios deja de ser previsible.
Ese niño desarmado del pesebre resulta ser alguien que ofrece demasiado: una vida alternativa, una libertad peligrosa, una fe que no se apoya en seguridades sino en confianza. Como Yahvé en el desierto, da pan. Como Yahvé sobre las aguas, domina el caos. Y eso desconcierta. ¿Quién es este?, se preguntan. Y la pregunta no es teológica: es existencial.
Porque quienes tienen algo verdadero que ofrecer siempre inquietan. No nos meten el miedo desde fuera; lo despiertan dentro. Nos obligan a soltar defensas, a abandonar excusas, a reconocer tanto nuestras pobrezas como nuestras posibilidades. Y eso cansa. Da pereza. Da vértigo.
Hay personas —y hay imágenes de Dios— que no incomodan. Son neutras, previsibles, simpáticas. No exigen nada. Con ellas todo es sonrisa fácil y espiritualidad de buen rollo. Pero no transforman.
Y luego están las personas “con perfil”. Las que no te dejan igual. Las que, como Jesús sobre el mar, te obligan a preguntarte por qué sigues remando contra el viento cuando quizá tendrías que fiarte y salir de la barca.
Por eso Jesús da miedo. Porque no viene a tranquilizarnos sin más, sino a despertarnos. Porque no siempre apaga la tormenta, pero siempre pronuncia la palabra decisiva: «Soy yo, no tengáis miedo». Y esa frase no elimina el riesgo; lo llena de sentido.
Encontrarse con alguien así es una gracia. Incómoda, sí. Pero fecunda. Porque solo quien nos desinstala de verdad nos ayuda a crecer más allá de los pequeños naufragios y de los dulces encantos de nuestras esclavitudes.
Y quizá ahí esté la clave: no temer al Jesús que camina sobre nuestras aguas oscuras, sino aprender a reconocerlo cuando se acerca. Aunque, al principio, dé miedo.

