Aquel Maestro galileo, ¿supone para mí una motivación en el deseo y el anhelo de hacer más humana, fraterna y más plena mi vida?
Esa procesión quizás sea la más autentica que podamos vivir a lo largo de esta semana. A ella quedamos convocados.
“…Aunque no me creáis a mí, creed a las obras que yo hago”. Jesús no se refugia en discursos, ni en definiciones correctas, ni en sistemas bien construidos. Se expone. Se deja juzgar por lo que hace.
Y con ello desmonta una tentación constante del creyente: pensar que la fe consiste principalmente en “creer bien”.
A lo largo de la historia, hemos defendido verdades, hemos afinado doctrinas, hemos vigilado la ortodoxia… y, sin embargo, Jesús no dice: “creed mis palabras”, sino “mirad mis obras”. Ahí se juega todo.
No porque la fe no importe, sino porque una fe que no se hace vida, que no se traduce en gestos concretos, que no transforma la existencia, deja de ser reconocible como fe en el Dios vivo.
El problema no es tener una doctrina; el problema es esconderse detrás de ella. El problema no es confesar verdades; es no encarnarlas.
Jesús no pide primero adhesión intelectual, sino apertura a lo que acontece: enfermos que son levantados, excluidos que son acogidos, vida que brota donde solo había límite. Y desde ahí —solo desde ahí— puede nacer la fe.
Por eso, el cristianismo no puede instalarse cómodamente en lo que afirma. Tiene que exponerse en lo que hace. Tiene que arriesgarse en la vida concreta.
Después vendrá la formulación, la celebración, la reflexión. Pero si no hay obras, todo lo demás queda en palabras.
Y entonces la pregunta ya no es si creemos correctamente, sino si nuestra vida permite a alguien reconocer, siquiera intuir, que “el Padre está en Él”… y, quizá, también en nosotros.