La ceniza no es un gesto triste ni un rito para culpabilizar. Es una sacudida de realidad. Te recuerda que eres frágil, sí, pero también que todo lo que ha ardido en tu vida —aciertos y errores— puede convertirse en abono.
La ceniza es lo que queda después del fuego. Y el fuego es tu historia: decisiones acertadas, opciones discutibles, palabras que ayudaron y palabras que hirieron. Nada de eso desaparece sin más. Pero tampoco queda condenado. Puede transformarse.
El mensaje es claro: utiliza lo que haces, incluso lo cuestionable, para sacar algo bueno. No se trata de justificarlo todo, sino de aprender. Lo que salió mal puede enseñarte prudencia. Lo que fue excesivo puede enseñarte medida. Lo que fue egoísmo puede abrirte a la empatía. La ceniza no niega el fuego; lo asume y lo convierte en posibilidad.
Y lo mismo con tu vida entera. No esperes a ser perfecto para afianzarte. No necesitas una versión ideal de ti mismo para empezar a vivir con profundidad. Tu vida es mezcla: fuerza y miedo, generosidad y límite, claridad y contradicción. Aceptarlo no te debilita; te hace sólido. Porque dejas de fingir.
La Cuaresma comienza ahí: no borrando el pasado, sino releyéndolo. No castigándote, sino responsabilizándote. No empezando desde cero, sino empezando desde verdad.
La ceniza en la frente no te reduce. Te sitúa. Te dice: esto eres, polvo y fuego. Y con eso basta para crecer. Nada de lo vivido tiene que perderse. Incluso lo discutible puede convertirse en sabiduría si lo miras de frente y decides transformarlo.
No desperdicies tu historia. Es tu materia prima.
