No rezamos para vencer la resistencia de Dios, sino porque Dios ya está abierto a nosotros.
Triste dios —y con minúscula— sería el dios que resultaría de leer literalmente la parábola de hoy: un dios que actúa porque la criatura se vuelve «cansina». El Dios de Jesús es otra cosa: el Dios que se da, que se hace el encontradizo y que siempre acoge. «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá». Pero ese «todo lo da» no significa que conceda cuanto pedimos, sino algo mayor: que se da él mismo. Por eso el texto termina hablando del Espíritu.
La oración no pretende conmover a Dios, sino dejarnos conmover por Dios.
El otro día escuchaba una «bella» predicación, bella en la forma, pero problemática en el fondo. El predicador decía: «la oración puede conmover a Dios». ¿Quiere eso decir que, si no rezamos, Dios no se conmueve? No. La oración tiene fuerza y valor, pero no para cambiar la disposición de Dios hacia nosotros. No rezamos para tocar el corazón de un Dios indiferente, sino para dejarnos tocar nosotros por un amor que ya estaba ahí.
El gran don de la oración no son las cosas que pedimos, sino el Espíritu que nos hace vivir.
Por eso, el gran don de Dios en la tradición judeocristiana es el Espíritu: soplo, aliento, fuerza, impulso, vida. Rezar es abrirse a ese Espíritu y dejar que transforme nuestra manera de vivir. Por eso, rezar es aprender a vivir, y vivir abiertos al Espíritu puede convertir la vida entera en oración. Acoger la vida cada mañana es descubrir a Dios presente en la entraña de lo creado.
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