la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: Tendrán respeto a mi hijo. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?
Le contestaron: Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos. Y Jesús les dice: ¿No habéis leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos. Y, aunque buscaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta”.
Esta parábola, aunque habla de una viña, nos habla en realidad de nosotros. Nos cuenta la historia de unos labradores que van rechazando uno tras otro a los enviados del dueño, pero lo que pone delante de nuestros ojos es algo muy humano: la facilidad con la que descartamos a los demás.
Los labradores quieren apropiarse de lo que no es suyo, y por eso eliminan a quien se lo recuerda, primero a los criados y después al propio hijo. Es una dinámica que conocemos bien, porque también nosotros dejamos fuera a quienes nos incomodan, nos cuestionan o ya no nos parecen útiles. Y casi nunca lo hacemos de forma violenta, sino de manera silenciosa, cuando dejamos de escuchar a alguien o damos por hecho que ya no tiene nada que aportar, hasta que, casi sin darnos cuenta, construimos lugares donde unos cuentan y otros sobran.
Jesús ofrece entonces una imagen que lo cambia todo, la de la piedra que desecharon los arquitectos y que ahora es la piedra angular. Los constructores la miran, deciden que no sirve y la dejan a un lado, y sin embargo es esa misma piedra la que termina sosteniendo el edificio. El Evangelio nos invita así a desconfiar de nuestros criterios, porque no siempre acertamos cuando decidimos qué vale y qué no, quién cuenta y quién no, qué futuro es posible y cuál damos por perdido.
La historia de la Biblia está llena de personas descartadas que acabaron siendo decisivas: José, vendido por sus hermanos; Moisés, fugitivo; David, el pequeño en el que nadie había pensado; los profetas, tantas veces rechazados; y finalmente Jesús, expulsado fuera de la ciudad y condenado. Dios parece tener la costumbre de empezar lo nuevo desde los márgenes, de modo que la salvación no siempre entra por la puerta principal, sino por donde menos la esperamos.
Por eso esta parábola no sirve solo para mirar la historia, sino para mirarnos a nosotros mismos y preguntarnos a quién estamos dejando fuera, a quién hemos juzgado demasiado deprisa, o qué persona, qué herida o qué fracaso hemos dado ya por inútil. Quizá sea ahí donde Dios quiere empezar algo nuevo, no porque el sufrimiento sea bueno ni porque haya que justificar la exclusión, sino porque el rechazo nunca tiene la última palabra.
Tal vez la conversión que más necesitamos sea aprender a mirar de otra manera: volver a escuchar a quien habíamos dejado de escuchar, reconocer valor donde antes no lo veíamos y aceptar que Dios puede construir el futuro con aquello que nosotros habíamos apartado. Esa es la esperanza que nos deja hoy esta parábola, que lo que damos por perdido puede convertirse, en manos de Dios, en un nuevo comienzo.

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