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viernes, 18 de septiembre de 2026

EVANGELIO DEL VIERNES. SEMANA 24 DEL TIEMPO ORDINARIO.

 

EVANGELIO
En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Lucas  8, 1-3

COMENTARIO

El Evangelio de hoy parece un dato histórico menor, pero funciona casi como una guía de lo que la religión puede aportarle a cualquier sociedad, también a la del siglo XXI.

Ahí hay personas que ponen sus bienes, su tiempo, su energía, para sostener un proyecto colectivo, sin volverse dueñas ni jefas de nada. La religión, cuando funciona bien, hace eso: encauza la generosidad de la gente hacia algo común, sin absorberla en un aparato de poder.

También toma a personas estigmatizadas y las coloca en el centro, como protagonistas. Esa función sigue haciendo falta hoy: frente a una sociedad que descarta a quien no rinde, a quien carga un diagnóstico, una adicción, un pasado difícil, la religión puede afirmar que ahí también hay un lugar, y no en el margen, sino en la tarea misma.

Además, en el texto conviven personas de posición social alta y otras sin nombre ni fortuna, dentro de un mismo proyecto. Frente a un mundo que clasifica por el sueldo, el barrio o el algoritmo, la religión puede crear un espacio donde nada de eso decida el valor de nadie.

Y por último, el texto insiste en el movimiento, en ir de pueblo en pueblo. Toda institución religiosa corre el riesgo de anquilosarse, de convertirse en puro aparato. Aquí se recuerda que lo genuino es permanecer cerca de la gente, no encerrarse en una estructura.

¿Qué le aporta entonces el cristianismo a la sociedad de hoy? No solo un consuelo privado: teje comunidad donde el mercado fragmenta, abre lugar donde el sistema margina, iguala donde el estatus separa, y se mantiene en movimiento cuando todo lo demás se paraliza. Pero para lograrlo necesita estar arraigado en la sociedad real y, al mismo tiempo, sostener una voz crítica que no se diluya en ella. Ese doble gesto, arraigo y contraste, es quizás la tarea más difícil y más necesaria de la religión hoy.


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