Estaban asustados y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: “Éste es mi Hijo amado, escuchadlo”.
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús…
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”.
Los discípulos habían descubierto en Jesús una vida plena, pero seguirlo no era fácil. Jesús sufría el rechazo y caminaba hacia la cruz. La Transfiguración llega en ese momento: no elimina la dificultad, pero deja ver quién es Jesús. El que camina hacia el sufrimiento es el Hijo amado de Dios. Por eso la voz dice: «Escuchadlo».
Pedro quiere detener aquel instante: «¡Qué bien se está aquí!». Desea levantar tres tiendas y quedarse en la montaña. No actúa con cinismo, sino desde el miedo y la incomprensión. Todavía no sabe que la fe no consiste en instalarse en momentos luminosos, sino en bajar de la montaña y volver a la vida.
Este es el hoy de nuestra fe. La Iglesia, como cuerpo de Cristo, está llamada a transparentar su ser transfigurado: debe hacer visible la presencia viva del Señor en medio del mundo. No basta con cuidar imágenes, procesiones, templos o celebraciones. Estos signos son valiosos si nos llevan hacia el dolor concreto, la injusticia y la mesa compartida.
También cada creyente, como miembro del cuerpo de Cristo, debe preguntarse: ¿mi vida deja ver a Cristo o lo oculta? La verdadera transfiguración sucede cuando nuestras palabras, gestos y decisiones hacen reconocible su rostro compasivo, fraterno y esperanzador.

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