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jueves, 6 de agosto de 2026

EVANGELIO DEL JUEVES. FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN


EVANGELIO
Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador… Se le aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “ Maestro, ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Estaban asustados y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: “Éste es mi Hijo amado, escuchadlo”.
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús…
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”.
Marcos  9, 2-10

COMENTARIO

Los discípulos habían descubierto en Jesús una vida plena, pero seguirlo no era fácil. Jesús sufría el rechazo y caminaba hacia la cruz. La Transfiguración llega en ese momento: no elimina la dificultad, pero deja ver quién es Jesús. El que camina hacia el sufrimiento es el Hijo amado de Dios. Por eso la voz dice: «Escuchadlo».

Pedro quiere detener aquel instante: «¡Qué bien se está aquí!». Desea levantar tres tiendas y quedarse en la montaña. No actúa con cinismo, sino desde el miedo y la incomprensión. Todavía no sabe que la fe no consiste en instalarse en momentos luminosos, sino en bajar de la montaña y volver a la vida.

Este es el hoy de nuestra fe. La Iglesia, como cuerpo de Cristo, está llamada a transparentar su ser transfigurado: debe hacer visible la presencia viva del Señor en medio del mundo. No basta con cuidar imágenes, procesiones, templos o celebraciones. Estos signos son valiosos si nos llevan hacia el dolor concreto, la injusticia y la mesa compartida.

También cada creyente, como miembro del cuerpo de Cristo, debe preguntarse: ¿mi vida deja ver a Cristo o lo oculta? La verdadera transfiguración sucede cuando nuestras palabras, gestos y decisiones hacen reconocible su rostro compasivo, fraterno y esperanzador.


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