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miércoles, 5 de agosto de 2026

EVANGELIO DEL MIÉRCOLES. SEMANA 18 DEL TIEMPO ORDINARIO





EVANGELIO
En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»
Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.
Mateo 15, 21-28

COMENTARIO

El diálogo entre Jesús y la mujer cananea abre un horizonte nuevo. Jesús, profundamente enraizado en Israel, comprende que su misión no puede quedar limitada a su pueblo. La mujer expresa una fe firme: un dios que no está de nuestra parte no es Dios, porque siempre está de parte de la humanidad que ha creado.

Las fronteras de Israel no han desaparecido; han cambiado de nombre. Hoy las levantamos cuando dividimos a las personas entre los de dentro y los de fuera, creyentes y alejados, dignos e indignos. Aparecen cuando miramos con recelo a quienes dejaron de practicar, viven situaciones familiares que no encajan en nuestros esquemas, pertenecen a otras religiones, proceden de otros países o se sienten heridos por la Iglesia.

También levantamos fronteras cuando hablamos antes de escuchar, juzgamos antes de conocer o exigimos condiciones antes de atender el sufrimiento. Entonces actuamos como si unos tuvieran derecho al pan de Dios y otros debieran conformarse con las migajas.

La mujer cananea tiene hoy muchos rostros. Es toda persona que, desde fuera de nuestros ambientes, nos recuerda que también su dolor pertenece a Dios. Su voz obliga a nuestras comunidades a preguntarse si anuncian realmente una salvación para todos o protegen una mesa reservada para unos pocos.

El Evangelio no nos pide abandonar nuestras convicciones, sino impedir que se conviertan en muros. La Iglesia es fiel a Jesús cuando escucha, acoge y ayuda a levantarse. Porque nadie es extraño para Dios y su «nosotros» siempre es mayor que el de nuestras religiones.




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