EVANGELIO
Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.»
Él le dijo: «Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.» En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»
1. Todo ocurre después de un éxito. Jesús ha dado de comer a una multitud y los discípulos vienen de sentirse fuertes, importantes, quizá incluso necesarios. Pero unas horas después están solos, de noche, en una barca pequeña y con el viento en contra. La vida también funciona así: hay momentos en los que todo parece ir bien y otros en los que descubrimos de golpe nuestra vulnerabilidad. Y cuando llega el miedo tenemos dos posibilidades: fabricar fantasmas, buscar amenazas, enemigos y culpables; o escuchar esa voz que dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Cuando la vida deja de ir como esperabas, ¿qué haces: fabricas fantasmas o aprendes a atravesar el miedo?
2. Pedro quiere caminar sobre el agua. Quiere hacer algo extraordinario, algo que los demás no hacen. También nosotros sentimos a veces esa tentación: demostrar que somos fuertes, distintos, mejores, que controlamos más de lo que realmente controlamos. Pero Pedro se hunde. Y entonces aparecen dos caminos: seguir aparentando que uno puede con todo o reconocer sencillamente que necesita ayuda. Pedro grita: «Sálvame». Y quizá haya más verdad en ese grito que en todos sus pasos sobre el agua. Cuando descubres que no puedes con todo, ¿sigues aparentando fortaleza o eres capaz de pedir una mano?
3. Jesús le tiende la mano. Ese gesto lo cambia todo. Antes de preguntarle por qué ha dudado, lo saca del agua. Nosotros solemos hacerlo al revés: primero juzgamos, después preguntamos y, si queda tiempo, ayudamos. También la Iglesia puede caer en esa tentación. Pero el Evangelio va por otro camino: primero la persona, primero la mano, primero levantar al que se hunde. La fe no debería hacernos superiores, sino más humanos. Cuando alguien cae delante de ti, ¿levantas primero el dedo o extiendes primero la mano?

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