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domingo, 5 de julio de 2026

EVANGELIO DEL DOMINGO. SEMANA 14 DEL TIEMPO ORDINARIO

 


EVANGELIO
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Mateo  11, 25-30

COMENTARIO

Hay cansancios que no se curan solo descansando. No todo cansancio viene del cuerpo. Hay un cansancio más hondo, que aparece cuando la vida se convierte en una carga: miedos, culpas, obligaciones, expectativas de los demás, personajes que sostenemos para responder a lo que se espera de nosotros.

Uno puede seguir adelante, cumplir y hacer lo que toca, y sin embargo vivir por dentro sin aliento, como doblado interiormente. A esos cansados y agobiados dirige Jesús su palabra: “Venid a mí, y yo os aliviaré”.

Jesús no se presenta como una carga añadida, sino como descanso. No viene a pesar más sobre la vida, sino a ayudarnos a levantar la mirada, recuperar el ánimo y vivir de pie, no sometidos ni encogidos. Descansar en él no es huir de los problemas, sino aprender a llevar la vida con más confianza, con menos miedo y con una libertad interior más profunda.

Por eso este evangelio nos invita a preguntarnos: ¿qué me tiene doblado por dentro? ¿Qué me quita el ánimo? ¿Qué cargas llevo que quizá no vienen de Dios? ¿Qué me impide vivir con libertad?

El creyente no es quien no se cansa, sino quien busca vivir levantado. Quien no quiere dejarse aplastar por el peso de la vida y aprende a apoyarse en una confianza mayor que sus propias fuerzas.

Pero también conviene recordar que la religión puede convertirse en carga cuando se vive desde el miedo, la sospecha, el control o la culpa. Santa Teresa de Jesús lo percibió con lucidez al lamentar que "no hubiera virtud de mujer que no fuese tenida por sospechosa", y al criticar a quienes cargaban las conciencias en lugar de ayudar a vivir con libertad.

Una fe que aplasta se aleja del Evangelio. La fe verdadera no debería doblar más a quienes ya vienen cansados, sino ayudar a respirar, a confiar, a madurar y a caminar con más libertad ante Dios y ante los demás.

Y esto vale también para nuestra manera de tratar a los otros. Al estilo de Jesús, los cristianos estamos llamados a aligerar la carga de los demás, no a ser personas cargantes. Nuestra presencia debería sostener, acompañar y ayudar a vivir, no hacer más pesada la existencia de quienes ya llegan cansados.

Jesús lo dice con sencillez: “mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. La fe no elimina todas las dificultades, pero puede cambiar el modo de llevarlas. Por eso la pregunta final es clara: ¿mi manera de vivir la fe me ayuda a levantar la cabeza? ¿Y mi presencia ayuda a otros a vivir con más aliento y libertad?





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