Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo:
«Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Extendió la mano y lo tocó, diciendo:
«Quiero, queda limpio».
Y en seguida quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo:
«No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Mateo 8, 1-4
COMENTARIO"Si quieres puedes limpiarme"; no pide aquel hombre oraciones, ni compañía espiritual, ni perdón de la culpa. Pide simplemente vida.
La respuesta de Jesús es incondicional: ¡quiero! Y es que, en este caso, no se trata de discernir, se trata de responder con agilidad. Hay acontecimientos en la vida que no admiten demora. Jesús no es un hombre de "prisas", pero sí que es persona con decisión.
Este Jesús que aconseja presentarse al leproso delante de los sacerdotes del templo, tal y como marca la Ley, es el mismo que en otra ocasión entra al Templo y lo desbarata por su ineficacia y por su corrupción. Un cierto equilibrio marca la actitud de Jesús ante la religión de su tiempo. Para Jesús, no se trata de estar "frente a todo", pero tampoco "a pesar de todo". Lo que carateriza la relación de Jesús con la institucionalidad judía de su tiempo es la sensatez y la cordura.
Cuando traemos el texto al hoy de nuestra vida, percibimos que nosotros que podemos seguir reproduciendo vitalmente las propias actitudes de Jesús.
Por eso allí donde hay inclusión (es decir capacidad para integrar), allí donde hay decisión ( es decir, posibilidad de re-crear la vida), allí donde hay autenticidad y coherencia (es decir sentido práctico y común)... allí donde se comparten todas estas actitudes, la vida merece la pena, la convivencia es un regalo, y la humanidad, sin heroicidades, se convierte en buena noticia.
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