Comienza en la lectura dominical el ciclo del Espíritu. Y quizá conviene reconocerlo: el Espíritu, tan presente en los comienzos de la Iglesia, se nos ha vuelto hoy una palabra algo difusa.
El evangelio nos da una pista:
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”.
De entrada, palabras como guardar, mandamiento o cumplir no suenan demasiado bien. Nos recuerdan obligación, norma, trámite. Decimos que hacemos algo “por cumplir” cuando lo hacemos sin ganas, casi por compromiso.
Pero Jesús no habla de eso. La frase empieza por el amor: “Si me amáis…”. No se trata de obedecer fríamente, sino de dejar que su palabra nos habite. Guardar sus mandamientos es custodiar su modo de vivir, permitir que su Evangelio vaya dando forma a nuestra existencia.
También podemos rescatar la palabra cumplir en su sentido más hondo: cumplir es llevar algo a plenitud, dejar que una promesa se llene de vida. Como la mujer embarazada que “cumple” cuando la vida que lleva dentro está preparada para nacer.
Y ahí aparece el Espíritu. El Espíritu no es una idea vaga, ni un adorno religioso, ni una emoción pasajera. Es la vivencia interior de Dios: esa presencia que nos sostiene por dentro, que nos recuerda a Jesús y nos empuja a vivir desde su estilo.
Frente a un cristianismo que puede convertirse en espectáculo que contemplo desde fuera y juzgo —lo que hacen unos, lo que dicen otros, cómo está la Iglesia, qué me gusta o qué rechazo—, Jesús propone otra cosa: vivir la fe en primera persona. No mirar el Evangelio como quien mira una escena ajena, sino dejar que entre en la propia vida.
Estar abiertos al Espíritu es creer que el camino de Jesús no empequeñece la existencia, sino que la llena. Allí donde el amor se vuelve gesto, donde la palabra de Jesús se convierte en vida concreta, donde la fe deja de ser comentario externo y se hace experiencia interior, el Espíritu deja de ser una palabra difusa y se convierte en vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por tu opinión.