Juan 14, 1-12
COMENTARIO
Tomás representa al que no se fía del camino mientras lo está caminando. Quiere saber antes de vivir. Necesita garantías, mapa, destino claro. Pregunta: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Es la fe bloqueada por la necesidad de certeza. No ve que los caminos recorridos por Jesús, sus palabras verdaderas y las vidas que ha levantado son ya la señal de que Dios está cerca.
Felipe representa al que tiene delante lo esencial, pero sigue reclamando algo más espectacular. Dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Ante Jesús, el signo por excelencia, pide otra señal. Ante la transparencia de Dios en una vida entregada, quiere una prueba más evidente. Es la fe que aplaza la confianza porque siempre espera algo más grande.
Tomás y Felipe son dos cegueras creyentes. Tomás no sabe confiar en el camino abierto. Felipe no sabe reconocer la presencia dada. Uno pide dirección absoluta. El otro pide espectáculo religioso. Y los dos olvidan que el presente que tienen delante no está vacío: es el lugar concreto donde Dios se está diciendo.
También nosotros vivimos así muchas veces. Queremos saberlo todo antes de amar. Queremos garantías antes de servir. Queremos ver claro antes de comprometernos. Y mientras tanto, despreciamos el presente.
Pero la vida solo ocurre aquí. Somos presente: un presente tejido de memoria y abierto por la promesa. Hay presentes luminosos y presentes difíciles. Hay presentes que ilusionan y presentes que pesan como una cruz. Pero todo presente puede convertirse en partitura de la Gran Melodía, no porque todo sea bueno, sino porque en todo puede abrirse una tarea de sentido, cuidado y resurrección.
Tomás y Felipe no podían imaginar que en aquel Jesús tan concreto, tan humano, tan de cada día, estuviera el sentido más grande de la historia. Y tal vez eso nos pasa también a nosotros: buscamos a Dios en otra parte, más claro, más fuerte, más indiscutible, mientras se nos ofrece en la humildad de lo real.
Vivir resucitados es romper el techo de nuestras quejas: “No sabemos el camino”. Y dejar de exigir presentes imposibles: “Muéstranos al Padre”. Es reconocer que el camino se aprende caminando, que Dios se transparenta en Jesús, y que la fe se verifica en las obras.
Por eso el final del evangelio es decisivo: “El que cree en mí hará las obras que yo hago”. Creer no es pedir más señales para retrasar la entrega. Creer es continuar las obras de Jesús: cuidar, levantar, sanar, perdonar, dignificar, acompañar y mejorar la vida.
Vive. Encárgate de la vida. Mejórala. Esto hizo el Nazareno. Y por aquí pasa nuestra fe en Él.
*Tomás quiere controlar el camino.*Felipe quiere una señal más grande.
*Los dos tienen a Jesús delante, pero no lo reconocen.
*También nosotros pedimos garantías antes de vivir.
*El Evangelio responde: camina, confía, cuida y mejora la vida.

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