Juan 6, 22-29
“Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”.
Después de la multiplicación de los panes, Jesús introduce una sospecha incómoda: no toda búsqueda de él nace de una fe verdadera. Se le puede buscar por necesidad, por interés, por alivio inmediato. Pero una cosa es buscar pan, y otra muy distinta buscar una manera de vivir. Ahí está la pregunta de fondo: ¿qué mueve realmente a quienes siguen a Jesús?, ¿el deseo de recibir algo o la disposición a dejarse orientar por su modo de estar en el mundo?
Traído al presente, este evangelio desenmascara una tentación muy actual: convertir la religión en un producto útil, ligero, adaptable, de consumo rápido y escasa exigencia. Una religión que tranquilice, acompañe o incluso entretenga, pero que no altere demasiado la vida. Por eso no es exagerado preguntarse si, a veces, también nosotros medimos la fe con criterios de rentabilidad: cuánta respuesta genera, cuánto atrae, cuánto consuela, cuánto ruido produce. Pero el evangelio obliga a plantear otra cuestión: no qué vende más, sino qué sostiene de verdad una existencia.
La cuestión, en el fondo, no es comercial, sino interior. Qué tipo de fe estamos alimentando. Si una fe que busca a Jesús por lo que da, o una fe que se deja afectar por lo que él es. Si una fe pensada para resolver necesidades puntuales, o una fe capaz de dar hondura, orientación y verdad a toda una vida. Al final, todo se decide en ese lugar interior donde se forma la sensatez y donde queda —o no— la huella del estilo de Jesús.

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