Esta tercera semana de cuaresma la samaritana recibe la promesa de un agua que calma la sed para siempre. No es una respuesta parcial, ni una solución provisional. Jesús no da un poco de agua para seguir caminando; ofrece una fuente que brota sin agotarse. Así actúa Dios: no mide, no raciona, desborda.
Algo parecido ocurre cuando Jesús recuerda a Naamán y a la viuda de Sarepta. Son extranjeros, gente que estaba fuera del círculo religioso de Israel. Sin embargo, son ellos quienes experimentan la acción de Dios. Con ello se revela que la salvación no tiene fronteras: la misericordia de Dios se abre sin límites.
La misma lógica aparece cuando Jesús habla del perdón. No propone una cantidad razonable de perdón, sino perdonar setenta veces siete. Es decir, perdonar siempre. El perdón cristiano no se administra como una contabilidad moral; nace de una misericordia que no se cansa.
Por eso puede decirse que el cristianismo es una desmesura. Lo es cuando Jesús pide amar al enemigo, prestar sin esperar nada a cambio, rezar por quienes persiguen. Lo es cuando afirma que el Padre hace salir el sol sobre buenos y malos. Dios no distribuye su bondad según méritos estrictos; su amor se derrama sobre todos.
En ese contexto se entiende también la afirmación de Jesús: no pasará ni una tilde de la Ley. No significa un endurecimiento legalista, sino todo lo contrario. La ley de Dios no queda anulada, sino llevada a su plenitud, a su sentido más radical. La fidelidad llega “hasta la última tilde”, pero esa fidelidad se vive desde la amplitud del amor de Dios.
Por eso, encontrarse con Jesús significa entrar en una lógica nueva: la lógica de la plenitud, del exceso y del amor sin medida. Allí donde el ser humano calcula, Dios desborda. Allí donde el mundo establece límites, el Evangelio abre horizontes. En Cristo, la ley no se reduce: se convierte en vida desbordante.