En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: - «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.» Y Juan dio testimonio diciendo: - «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»
A la luz del Evangelio de Juan de hoy, el evangelio vuelve a cumplir su misión más propia: colocarnos delante un contraste que ilumina y, al mismo tiempo, incomoda. Juan el Bautista señala a Jesús y lo nombra con una imagen desconcertante: “He ahí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”. No dice “el estratega”, ni “el vencedor”, ni “el fuerte”, sino el Cordero. Desde el inicio, la misión de Jesús queda definida por una mansedumbre activa, capaz de cargar con el mal para desactivarlo desde dentro.
Ese contraste toca un nervio muy actual. Nos cuesta confiar en que sean precisamente las actitudes del cordero —la paciencia, la mansedumbre, la entrega, la no violencia— las que tengan verdadera eficacia histórica.
Preferimos métodos resolutivos “a toda costa”, soluciones rápidas que imponen, arrasan o silencian. Incluso hay discursos sociales y económicos que canonizan la competitividad permanente, el enfrentamiento como motor del progreso, la lógica del “yo gano si tú pierdes”. Pero vivir siempre “en guardia”, siempre “frente a frente”, termina erosionando lo más humano: nos vuelve duros, defensivos, incapaces de compasión.
Nada de esto era ajeno al mundo bíblico. Israel conocía bien la imagen del poder temible: el rey podía ser llamado “el león de Judá”, símbolo de fuerza y dominio.
Sin embargo, Jesús irrumpe como un rey alternativo, un rey que rehúsa el trono del rugido para elegir el camino del silencio fecundo. No gobierna desde el miedo, sino desde la entrega; no conquista, sino que atrae. Su realeza no aplasta: sana. No vence al enemigo eliminándolo, sino cargando con su violencia hasta agotarla.
Tal vez por eso el evangelio sigue siendo incómodo: nos invita a ensayar otro modo de estar en el mundo. A buscar palabras que desarmen en lugar de herir, gestos que rebajen la tensión en vez de escalar el conflicto, decisiones que pongan vida allí donde todo parece un pulso de fuerzas.
Porque, si somos honestos, a la puerta de nuestros labios suele agazaparse un león listo para rugir, y en la línea de nuestras fronteras personales no falta un tigre que intimida y defiende su territorio. El Cordero, en cambio, no retrocede por debilidad, sino que avanza sin violencia.
Quizá ahí esté el verdadero milagro cristiano: creer —y probar— que el mal del mundo no se quita con más colmillos, sino con una mansedumbre capaz de cargar, transformar y abrir futuro.

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