Mateo 1, 18-24
José no sueña para huir de la realidad. Sueña porque la realidad, tal como se le presenta, se ha vuelto inhabitable. La Ley judía ya ha hecho su trabajo: ha analizado, ha previsto consecuencias, ha elegido la salida menos dañina. Repudiar a María en secreto es una decisión justa, correcta, incluso compasiva. Pero no es todavía una decisión plenamente humana. Le falta algo que la razón sola no puede dar: futuro.
El sueño irrumpe como una grieta en la lógica del yo. En él, José no recibe una explicación detallada ni un plan cerrado; recibe una palabra: no temas. Soñar, en este sentido, no es perder el control, sino atreverse a soltarlo. Es suspender por un momento el instinto de autoprotección para dejar espacio a una verdad más grande que el propio miedo. En el sueño, José aprende que la vida no siempre se comprende antes de ser acogida.
También hoy vivimos situaciones que parecen exigir soluciones rápidas, eficaces, racionales. La tentación es la misma que la de José: resolver sin exponerse, cerrar sin romper del todo, salvar la imagen. Sin embargo, esas salidas “correctas” suelen dejar intacta la inhumanidad de fondo. Funcionan, pero no transforman.
Soñar, hoy, sería permitir que algo nos descoloque. Escuchar al corazón no como refugio sentimental, sino como lugar de discernimiento. Allí donde la razón dice “no es posible”, el sueño abre la pregunta: “¿y si fuera necesario?”. José no entiende cómo puede ser verdad lo que se le anuncia, pero entiende que acoger a María es acoger la vida tal como viene, no como él la había previsto.
Cuando José despierta, el mundo no ha cambiado. María sigue embarazada, la sospecha social sigue ahí, el riesgo permanece. Lo que ha cambiado es José. Ya no actúa desde el miedo, sino desde la confianza. Ha suspendido el yo para dejar pasar a Dios-con-nosotros.
Quizá eso sea humanizar hoy: no endurecerse para sobrevivir, sino atreverse a soñar lo suficiente como para cuidar. Aceptar que hay decisiones que no se justifican del todo, pero que salvan. Como José, despertar y hacer lo que el amor pide, incluso cuando no encaja del todo en nuestros esquemas.

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